Casi superfluo es repetir aquí que una parte de estos pasajes (los de Aristóteles, Séneca y Ptolomeo) se encuentran también mencionados en la carta del Almirante del año 1498 y en su Libro de las Profecías. Este último, si se exceptúa el coro de la Medea de Séneca, sólo contiene citas de Profetas, de Padres de la Iglesia y de algunos rabinos convertidos, mezcla de teología mística y de erudición cosmográfica que, al parecer, caracteriza la vejez de Cristóbal Colón. En efecto, cuanto no toca al círculo estrecho de los intereses materiales de la vida, se eleva en el alma ardiente de este hombre extraordinario á una esfera más noble, á un espiritualismo misterioso. En su opinión, la conquista de la India recién descubierta no debe tener importancia sino en cuanto realiza las antiguas profecías y conduce, por los tesoros que da, á la conquista de la tumba de Cristo (á la restitución de la Casa Santa). Todas las cartas del Almirante expresan su ansiedad por acumular oro. Aunque duda, hasta la época de su muerte, que América esté separada del Asia Oriental, escribe ya en 1498 á la Reina que Castilla posee hoy otro mundo y que recibirá pronto barcos cargados de oro, el cual servirá para extender la fe en el universo, «porque el oro es excelentissimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace quanto quiere en el mundo, y llega á que echa las animas al Paraíso.» Extraña mezcla de ideas y de sentimientos en un hombre superior, dotado de clara inteligencia y de invencible valor en la adversidad; imbuído en la teología escolástica, y, sin embargo, muy apto para el manejo de los negocios; de una imaginación ardiente y hasta desordenada, que impensadamente se eleva, del lenguaje sencillo é ingenuo del marino á las más felices inspiraciones poéticas, reflejando en él, por decirlo así, cuanto la Edad Media produce de raro y sublime á la vez.


IV.

Opiniones de los antiguos sobre la geografía física del globo
y manera de figurarla.

En el Apéndice á esta obra publicaremos los textos citados en los escritos de Colón y que por confesión propia influyeron en su empresa. Creo que su reunión tendrá además otro interés: el de aclarar la historia de la geografía en general.

Es curiosísimo reunir y comparar las opiniones que los antiguos se habían formado de la posibilidad de comunicaciones entre las extremidades opuestas de la tierra habitada, como de la existencia de algunas otras masas continentales separadas de ella. Estas opiniones fueron transmitiéndose en no interrumpida serie al través de la Edad Media.

Desde los Orígenes de Isidoro de Sevilla hasta la Margarita filosófica de Jorge Reisch, prior del convento de los Cartujos de Friburgo, libro que tan grande influencia ejerció en el estado de los conocimientos en el siglo XVI[87] y cuyo nombre está hoy casi olvidado; los hombres más célebres, Vicente de Beauvais (Vincentius Bellovacensis, autor del Speculum majus), Juan Salisbury (Joannes parvus Sarisberiensis), Roger Bacon y Pedro d’Ailly tomaron de Aristóteles, de Plinio, desgraciadamente más conocido que Strabón, y de Séneca lo que se relaciona con la cosmografía y la física del globo. Por esta continua filiación, las indicadas ideas se conservaron y dominaron los ánimos cuando el ardiente deseo de las empresas marítimas sucedió al no menos ardiente de las largas peregrinaciones por el interior de las tierras.

Al llegar á las cuestiones que ofrecen importancia é interesan á los estudios filológicos, no puedo pasar en silencio lo que pertenece menos á la descripción del mundo real que al ciclo de la geografía mítica.

Sucede al espacio lo mismo que al tiempo. No se puede tratar la historia bajo un punto de vista filosófico, dejando en completo olvido los tiempos heroicos. Los mitos de los pueblos, mezclados á la historia y á la geografía, no pertenecen por completo al mundo ideal; si uno de sus rasgos distintivos es la vaguedad: si el símbolo cubre en ellos la realidad con un velo más ó menos espeso, los mitos, íntimamente ligados entre sí, revelan, sin embargo, la raíz de las primeras nociones cosmográficas y físicas.