La historia de los descubrimientos geográficos modernos nos muestra la misma inclinación á transformar, gracias á prolongaciones de contornos fantásticos y uniones imaginarias, los cabos de muchas islas y de vastos continentes. Hay más; la predilección por las ligaduras que acabamos de indicar en el trazado de los mapas, conduce á otro procedimiento, hallado lo mismo en Ptolomeo que en los geógrafos de nuestro siglo. Cuando las extremidades de las tierras que se han unido ó alineado en continentes se acercan á nuestros οἰκουμένη, abandónase la hipótesis de los continentes separados y se les une á puntos antiguamente conocidos. De este modo Marin de Tyro y Ptolomeo transformaron el mar de la India en un mar cerrado ó mediterráneo. Imaginábase que la península transgangética, donde estaba situada Catígara (Caitogora, Edrisi, pág. 57), más allá del Sinus Magnus, en la extremidad oriental del Asia, se unía hacia el Oeste por medio de una tierra incógnita al promontorio Prasum (cabo Delgado), y á la costa africana de Azania (Ayan, el Zingium de Cosmas Indicopleustes, Montfaucon, II, 132). Afortunadamente esta hipótesis de un mar cerrado, desconocido para Strabón, que rechaza todos los istmos desde el estrecho de Hércules hasta el mar Rojo, no estorbó ni detuvo los descubrimientos de los intrépidos navegantes del siglo XV, á pesar de que la falsa erudición ejercía en ellos más influencia de lo que generalmente se cree.
Por un procedimiento semejante, en el célebre mapa de América que Juan Ruysch añadió á la edición de la Geografía de Ptolomeo, publicada en Roma en 1508, encuéntrase, según la observación de Mr. Walckenaer, no sólo la Gruenlant (Groenlandia), sino también Terranova y los Baccalauræ, completamente separados de la América insular, es decir del Mundus Novus, de la Terra Sanctæ Crucis, y reunidos al continente septentrional de Asia (la tierra de Gog, las costas del Plisacus Sinus, y el país de Ergigaï).
Separaciones idénticas, aunque mucho más atrevidas[94], porque unen todo el Canadá y la Florida al Asia boreal, y los separan de Brasilia (la América del Sud) «extendida hacia Melacha (Malacca) y Zanzíbar (costa é isla de Zanguébar, quizá la isla Akgia de los árabes)», reaparecen en 1533 en la cosmografía de Juan Schoner.
Posteriormente, Sebastián Munster, uno de los restauradores de las ciencias geográficas, une la Groenlandia á la Noruega, y aun en nuestros días, entre los meridianos del cabo de Hornos y el de Buena Esperanza, hay de vez en cuando el capricho de reunir islas próximas al círculo polar antártico en grandes masas continentales.
V.
Influencia de Pablo Toscanelli en los proyectos
de Cristóbal Colón.
Sin negar la influencia que las opiniones y los testimonios de los antiguos han ejercido en el ánimo de Cristóbal Colón, no diremos, sin embargo, que el descubrimiento de América se debe á Pytheas[95], á Eratosthenes[96] ó á Posidonio[97]. Colón, después de lograr su propósito, distingue con legítimo orgullo entre el mérito de la ejecución y el de los acertados presentimientos. Al llegar á Lisboa, de vuelta de su primer viaje, escribe (el 14 de Marzo de 1493) á su protector D. Luis Santángel, ministro de Hacienda por la corona de Aragón: «Consecuti sumus quæ hactenus mortalium vires minime attigerant: nam si harum Insularum (Indiæ supra Gangem) quidpiam aliqui scripserunt aut locuti sunt, omnes per ambages et conjeturas, nemo, se eas vidisse asserit; unde prope videbatur fabula»[98].
Algún tiempo después añade el Almirante en la carta á los Reyes, fechada en la isla de Haïti en Octubre de 1498: «Todos los que habían oído (mi) plática, todos lo tenían á burla, salvo dos frailes que siempre fueron constantes» (probablemente el guardián del convento de la Rábida, fray Pérez de Marchena, franciscano, y el dominico fray Diego de Deza, que permanecieron constantes en sus opiniones).
A la influencia de ambos religiosos y al gran corazón de la reina Isabel[99] debió Colón la dicha de realizar su vasto proyecto, y también á la de Pablo (del Pozzo) Toscanelli, que, con sus consejos, dióle mayor seguridad de ejecutarlo. No esperaba, sin duda, la buena fortuna de encontrarse en perfecta identidad de miras con uno de los más ilustres geógrafos de su época, y el mismo Colón confiesa que esta conformidad de razonamientos le alentó en la idea que se había formado de las ventajas de un camino á la India por la vía del Oeste, y de la esperanza de encontrar islas antes de llegar á la costa de Asia. No pondré aquí el texto[100] de las dos cartas de Toscanelli, escritas primitivamente en latín é impresas muchas veces; limitaréme á llamar la atención sobre algunos conceptos de ellas, cuya importancia histórica no se ha hecho resaltar bastante, porque en cuestiones de esta índole siempre habrá que acudir á los documentos del siglo XV.