«La autoridad de los autores clásicos y otras semejantes de este autor (Pedro de Heliaco), dice Fernando Colón, fueron las que movieron más al Almirante para creer su imaginación, como también un maestro, Paulo Físico[101], florentín, hijo de Domingo, contemporáneo del mismo Almirante, el cual dió causa en gran parte á que emprendiese este viaje con más ánimo.»

Toscanelli, inclinado al estudio de las matemáticas, á causa de un convite en casa de Felipe Bruneleschi y de la ingeniosa conversación que en él sostuvo este arquitecto y mecánico, distinguióse entre todos los astrónomos de su época durante una larga carrera (llegó á la edad de ochenta y cinco años), por su constante atención á los descubrimientos náuticos y á los viajes por tierra.

Era entonces Italia el centro de las grandes operaciones comerciales que los pisanos, venecianos y genoveses hacían con el Asia austral[102], por la vía de Alejandría, del mar Rojo y de Bassora y con las costas del mar Caspio y la Sogdiana, por la vía de Azov (Tana). No se ocupaba sólo Toscanelli en la corrección de las tablas solares y lunares por las observaciones gnomónicas y de astrolabio, como de cuanto podía facilitar el empleo de los métodos de astronomía náutica, ampliamente discutidos, pero rara vez empleados hasta entonces; aplicó también su inteligencia á la comparación de la geografía antigua con los resultados de los descubrimientos modernos y con la utilidad práctica que el comercio de Europa podría sacar de este género de trabajos abriendo un camino directo al país de las especias por medio de la navegación hacia el Oeste.

La prueba de este encadenamiento de ideas, de este movimiento intelectual desde la segunda mitad del siglo XV, la encontramos en las cartas de Toscanelli y en todos los escritores notables de su época. Cristóforo Landino, florentino, traductor de Plinio y comentador de Virgilio, habla del concurso de extranjeros en su patria, de hombres que llegaban de las regiones más lejanas, que circa initia Tanais habitant. Ego autem interfui cum Florentiæ illos Paulus physicus diligenter quaque interrogaret[103]. Estas relaçiones con los negociantes que venían de Oriente, hasta de la misma India y del archipiélago indio, como el veneciano Nicolás Conti[104], enardecieron la imaginación del anciano.

Más de setenta y siete años contaba ya cuando escribió á Colón: «Alabo vuestro designio de navegar á Occidente, y estoy persuadido que habréis visto, por mi carta, que el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa; antes al contrario, la derrota (es decir, la travesía desde las costas occidentales de Europa á las Indias de las especias, Indie delle-spezierie, como decían los florentinos y los venecianos) es segura por los parajes que he señalado; quedaríais persuadido enteramente si hubieseis comunicado como yo con muchas personas que han estado en estos países (la India de las especias), y estad seguro de ver reinos poderosos, cantidad de ciudades pobladas y ricas provincias», etc.

En la carta al canónigo Martínez dice también Toscanelli: «De sólo el puerto de Zaiton (Zaithun), uno de los más hermosos y famosos de Levante, parten todos los años más de cien bajeles cargados de pimienta, sin contar otros que vuelven cargados de toda clase de especias. Es grande y poblado el país; tiene muchas provincias y muchos reinos del dominio de un príncipe solo, llamado el Gran Can (Khan), que es lo mismo que Rey de Reyes. Ordinariamente tiene su residencia en el Catay. Sus predecesores deseaban tener comercio con los cristianos, y ha doscientos años que enviaron embajadores al Papa, pidiéndole maestros que les instruyesen en nuestra fe; pero no pudieron llegar á Roma y se vieron precisados á volverse por los embarazos que hallaron en el camino. En tiempo del papa Eugenio IV vino un embajador que le aseguró el afecto que tenían á los católicos los príncipes y pueblos de su país; estuve con él largo tiempo; me habló de la magnificencia de su Rey, de los grandes ríos que había en su tierra, y que se veían doscientas ciudades con puentes de mármol, fabricadas sobre las riberas de un río solo. El país es bello, y nosotros debíamos haberle descubierto por las grandes riquezas que contiene y la cantidad de oro, plata y pedrería que puede sacarse de él; escogen para gobernadores los más sabios, sin consideración á la nobleza y á la hacienda. Hallaréis en el mapa que hay desde Lisboa á la famosa ciudad de Quisay, tomando el camino derecho á Poniente, veintiséis espacios, cada uno de 150 millas. Quisay (Quinsai) tiene 35 leguas de ámbito; su nombre quiere decir ciudad del cielo: vense allí diez grandes puentes de mármol sobre gruesas columnas de una extraña magnificencia: está situada en la provincia de Mango, cerca de Catay»[105].

Es probable que las animadas relaciones del veneciano Nicolás de Conti, que vino á Florencia en 1444, después de veinticinco años de viajes por Syria, el golfo Pérsico, la India á ambos lados del Ganges, la China meridional, el archipiélago de la Sonda, Ceylán, el mar Rojo y Egipto, de igual suerte que la frecuencia de relaciones comerciales con estas ricas comarcas, hicieran muy familiar á Toscanelli el conocimiento topográfico del Asia meridional y oriental. Toscanelli vivió siempre en Florencia, y allí fué donde el papa Eugenio IV (de la familia Condolmeri de Venecia) perdonó al viajero Conti, su compatriota, la apostasía[106], imponiéndole por penitencia referir con entera verdad las aventuras de sus viajes al secretario pontificio, el célebre filólogo Francisco Poggio Bracciolini. Perteneciendo también yo á la clase de viajeros, no examinaré imprudentemente si, al imponer tal penitencia, hubo más malicia que benignidad. Se concibe que la lectura de ciertos viajes pueda imponerse como ruda expiación; pero referir los incidentes de una vida de aventuras con toda verdad, con ogni verità (así era la cláusula de la absolución pontificia), sólo es castigo cuando se desconfía de la formalidad del viajero[107].