La permanencia de Nicolás de Conti y de Poggio en una ciudad en que Toscanelli, según su propio testimonio y el de Cristóforo Landino, buscaba sin cesar ponerse en relación con los hombres que el comercio había conducido al país de las especias, debía necesariamente hacer revivir los recuerdos que Marco Polo dejó de las maravillas de Quinsay y de Cambalu, del frecuente arribo de buques al puerto de Zaithun y de las riquezas del Mango. Esta conformidad de tradiciones, la celebridad de las mismas localidades, renovada con siglo y medio de intervalo, debían influir tanto en el activo espíritu de Toscanelli, que probablemente es Nicolás de Conti el designado, sin nombrarle en la segunda carta á Colón, entre los viajeros al Asia á quienes conviene oir para comprender la facilidad y utilidad del viaje á la India por el Oeste.

No puedo creer, sin embargo, como el abate Ximénez y tantos otros autores que le han copiado, que «el embajador del Gran Can», llegado á Florencia en tiempo de Eugenio IV, y del que se habla en la carta al canónigo Martínez, sea el mismo Nicolás de Conti. En la carta se designan dos embajadores Mogoles; el uno «doscientos años antes, el otro en tiempo de Toscanelli». La primera embajada es, sin duda, la que fracasó en 1267 por la enfermedad de un señor mogol[108], Khogatal, cuando el regreso de Nicolás y de Maffeo (Mateo) Poli, padre y tío del célebre Marco Polo, conocido primeramente con el nombre un poco satírico de Messer Marco Milione. Éste fué quien, según la oportuna frase del viejo Sansovino, descubrió un nuevo mundo antes de Colón, y cuya admirable obra poseemos.

En cuanto á la segunda embajada en tiempo de Eugenio IV, no hay indicio alguno en el viaje de Conti de que trajera misión alguna del Gran Can. ¿Cómo es posible que Poggio, en el corto epílogo añadido en honor del viajero «que ha visto, dice, países por nadie recorridos desde los tiempos de Tiberio», no había de mencionar incidente tan honroso? ¿Cómo Toscanelli, que niega á Nicolás y Maffeo Poli el título de embajadores[109], y que recuerda expresamente que los encargados de la misión quedaron en el camino y sin llegar á Italia, hubiera hablado del veneciano Conti como de un embajador mogol «que ponderaba la magnificencia de su rey y el afecto de su país hacia los católicos?»

Nicolás de Conti, después de perder en la peste de Egipto su mujer, dos hijos y dos criados, volvió con los otros dos hijos que le quedaban á Venecia. De venir en su compañía algún embajador del Can, no hubiese sido olvidado en la minuciosa y detallada relación de su viaje. Ignoro absolutamente quién fuera el personaje mogol con el cual tuvo Toscanelli, según dice, larga conferencia durante el pontificado de Eugenio IV, que duró diez y seis años; pero, por las razones expuestas, creo poco probable fuera un viajero veneciano que llegaba como penitente á Florencia. Acaso hubo alguna equivocación, quizá un error originado por una de esas mistificaciones diplomáticas á que hemos visto expuestas las primeras cortes de Europa, aun en tiempos modernos, cuando algunos aventureros asiáticos ó africanos se suponían encargados de los intereses de sus príncipes.

Sea cualquiera la influencia que ejerciese en el ánimo de Colón la carta de Toscanelli, es, sin embargo, una prueba cierta (y lo recordamos en honor de aquél) de la anterioridad de los proyectos del navegante genovés. Llegó éste á Lisboa en 1470 é hizo amistad con el florentino Lorenzo Giraldi, como en Sevilla vivió en íntimas relaciones con otro florentino, Juan Berardi, jefe de una casa de comercio en la que estaba empleado Amerigo Vespucci. En todos los puertos de movimiento comercial, tanto de Europa como de las costas septentrionales de África y de Levante, había entonces establecidos negociantes italianos. Supo con certeza Colón que el rey de Portugal Alfonso V había hecho pedir á Toscanelli, por medio del canónigo Fernando Martínez, una instrucción detallada acerca del camino de la India por la vía del Oeste, y esta noticia debió alarmar á quien con grande empeño proyectaba lo mismo.

La gran fama que gozaba el astrónomo de Florencia engendró en Colón la esperanza de aprovechar las luces del sabio italiano para la consolidación de su empresa. Lorenzo Giraldi se encargó de que llegaran á Toscanelli las cartas escritas por Colón. Sólo conocemos las respuestas de éste en número de dos:

«Veo, dice la primera carta de Toscanelli, el noble y gran deseo vuestro de querer pasar adonde nacen las especerías, por lo cual, en respuesta de vuestra carta, os envío la copia de otra que escribí algunos días ha á un amigo mío, doméstico del Serenísimo Rey de Portugal, antes de las guerras de Castilla, en respuesta de otra que me escribió de orden de su Alteza sobre el caso referido.» Como la carta al canónigo de Lisboa está fechada en Florencia el 25 de Junio de 1474, puede creerse, á causa de la frase incidental algunos días ha[110], que Colón consultó á Toscanelli á principios del mismo año. Esta fecha no carece de importancia para la historia del descubrimiento de América, porque directamente contradice el cuento que refieren el inca Garcilaso, Gomara y Acosta[111], de que un piloto de Huelva llamado Alonso Sánchez, que en una travesía de España á las islas Canarias, en 1484, pretendió haber llegado á impulso de los vientos del Este hasta las costas de Santo Domingo, fué, sin duda, quien, al volver á la isla Tercera, hizo nacer en el ánimo del Almirante la primera idea de su expedición. Ya Oviedo califica esta anécdota de «fábula que circula entre la plebe», y el misterioso viaje de Alonso Sánchez es posterior en diez años á la correspondencia con Toscanelli.

Pero si esta correspondencia prueba que Colón se ocupaba del proyecto de buscar el país de las especias por el Oeste mucho antes de entrar en relaciones con el célebre astrónomo de Florencia, queda indeciso cuál de los dos, Colón ó Toscanelli, fué el primero en entrever la posibilidad de esta nueva vía abierta á la navegación de la India.

Toscanelli, según antes hemos dicho, contaba setenta y siete años de edad cuando habló de su proyecto al canónigo Martínez y probablemente la persuasión de la brevedad del camino (brevisimo camino) á través del Océano Atlántico databa de mucho antes en su ánimo.

Dice terminantemente: «Aunque yo he tratado otras muchas veces del brevísimo camino que hay de aquí á las Indias donde nacen las especerías, por la vía del mar, el cual tengo por más corto que el que hacéis á Guinea, ahora me decís que su Alteza quisiera alguna declaración ó demostración para que entienda y se pueda tomar este camino, por lo cual, sabiendo yo mostrársele con la esfera en la mano, haciéndole ver cómo está el mundo, sin embargo he determinado, para más facilidad y mayor inteligencia, mostrar el referido camino en una carta semejante á las de marear, y así se la envío á su Majestad, hecha y pintada de mi mano, en la cual va pintado todo el fin del Poniente, tomando desde Irlandia al Austro hasta el fin de Guinea, con todas las islas que están situadas en este viaje, á cuya frente está pintado en derechura por Poniente el principio de las Indias, con las islas y lugares por donde podéis andar y cuánto os podríais apartar del Polo Artico por la línea equinoccial, y por cuanto espacio, esto es, con cuántas leguas podríais llegar á aquellos lugares fertilísimos de especería y piedras preciosas.»