Este párrafo prueba suficientemente que mucho antes de 1474 había aconsejado Toscanelli al Gobierno portugués el camino que siguió Colón y que accidentalmente produjo el descubrimiento de América.
Parece natural que esta misma idea ocurriera á la vez á muchos hombres instruídos y con empeño ocupados en extender la esfera de los descubrimientos: debió nacer en la imaginación de Martín Behaim, cuyo famoso globo construído en 1492 (Apfel, la manzana terrestre) sitúa «el rey de Mango, Cambalu y el Cathay á 100 grados al Oeste de las Azores», como lo hacían Toscanelli, Colón y cuantos creían al Asia excesivamente prolongada hacia Oriente.
Ya hemos visto que Toscanelli y Colón distinguen en sus escritos el objeto principal de la empresa (encontrar el camino más corto para ir á la India) del secundario (el descubrimiento de algunas islas). Toscanelli distingue además «las islas que se encontrarán en el camino (que están situadas en este viaje), por ejemplo, la Antilia, de las próximas á la India continental, por ejemplo, Cipango, y las islas con las cuales trafican los negociantes de diferentes naciones».
Hasta la misma nota histórica que Colón puso al frente de su Diario de navegación, terminado en 15 de Marzo de 1493, da por motivo del viaje el deseo de los Reyes Católicos de conocer las inclinaciones de un poderoso príncipe de la India, el Gran Can, en favor de la religión cristiana, «y ordenaron, añade, que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta hoy no sabemos, por cierta fe, que haya pasado nadie»[112].
No se trata (en este preámbulo del Diario de Colón) de las islas y de la Tierra Firme por descubrir en la Mar Océana, sino como resultado probabilísimo de una empresa cuyo principal objeto es dirigirse con la armada suficiente á las dichas partidas de India. (Las del Gran Can.)
La expedición proyectada no fué, pues, en un principio, propiamente hablando, un viaje de descubrimiento de tierras nuevas, sino un viaje que debía comprobar la existencia del paso libre á las Indias por el Oeste, como Magallanes, Parry, Ross y Franklin comprobaron ó intentaron los pasos por Suroeste y el Noroeste[113].
La influencia que Toscanelli ejerció en el ánimo de Colón recuerda involuntariamente la cuestión promovida por Vincent, de si el descubrimiento de la navegación á las Indias doblando el cabo de Buena Esperanza se debe á Corvilham ó á Gama. No cabe duda de que Corvilham, después de vivir en Calicut, en Goa y entre los árabes de Sofala en la costa oriental de Africa, escribió á Juan II, rey de Portugal, por mediación de dos judíos, Abraham y Josef[114], que los barcos portugueses, si continuaban costeando el Africa occidental hacia el Sud, llegarían á la extremidad de este continente, y al llegar á este extremo debían dirigir la ruta en el Océano oriental hacia Sofal y la isla de la Luna[115] (Madagascar). Renovaba también Corvilham, fundándose en las recientes experiencias de los navegantes árabes de Sofala y de toda la costa de Zanguébar y de Mozambique, las ideas expuestas por muchos en la antigüedad sobre la forma triangular del Africa austral, aumentando así la confianza de Gama; pero hay gran distancia de la posibilidad del éxito, probado con argumentos irrecusables, á la atrevida ejecución de los proyectos de Colón y de Gama. Por lo demás, este último tenía una ventaja que no podía ofrecer Toscanelli al navegante genovés. Cuando el 20 de Noviembre de 1497 llegó á la extremidad de Africa[116], sabía ya que encontraría al otro lado una costa en dirección del Oeste-Sudoeste al Este-Nordeste, puesto que el cabo Tormentoso, que el rey Juan con feliz presentimiento llamó cabo de Buena Esperanza, no sólo lo descubrió Bartolomé Díaz, sino también lo dobló en Mayo de 1487. Esta circunstancia, á que no se ha dado el valor que tiene, la expresa claramente Barros en el tercer libro de la primera Década: «Bartholomeu Díaz (con sus compañeros de fortuna) per caus dos perigos é tormentos que em dobrar delle pasaram, Ihe puzeram nome Tormentoso»[117]. Gama fué, pues, por decirlo así, precedido en una empresa que, para la prosperidad comercial de los portugueses, fué el principio de nueva vida.
Mencioné antes la carta marítima que Toscanelli había dibujado para el canónigo Martínez, á fin de mostrar la ruta que debía seguirse para llegar desde las costas de Portugal al «principio de las Indias.» Este mapa, en el cual el astrónomo florentino había «pintado de su mano» todas las islas situadas en el camino, sirvió, por decirlo así, de guía á Colón en su primer viaje: en tal sentido merece mayor interés del que hasta ahora ha inspirado. Al enviar Toscanelli á Colón una copia de su carta al canónigo Fernando Martínez, dice claramente: «os envío otra carta de marear semejante á la que envié (al Canónigo)»[118]. En la carta escrita al Canónigo añade que hay «desde Lisboa á la famosa ciudad de Quisay, tomando el camino derecho á Poniente, 26 espacios cada uno de 150 millas, mientras desde la isla Antilia hasta la de Cipango, se encuentran 10 espacios, que hacen 225 leguas.»
Ignoramos á cuántos espacios situaba Toscanelli el Japon (Cipango), al Este de Kanphu (hoy Hantgcheu-fu y entonces Quinsay ó Quisay); pero como esta distancia es efectivamente, tomando á Ieddo por el centro del Japón, de 16 grados de longitud, y la valuación de Behaim[119] difiere muy poco de la moderna, se deduce que Toscanelli contaba probablemente desde Portugal á Antilia un quinto y de Antilia á Quinsay aproximadamente cuatro quintos de todo el camino desde Lisboa á la China.
Más difícil es averiguar el valor absoluto de los espacios del mapa de Toscanelli. Estas grandes divisiones que abarcan cierto número de grados, y que aun empleamos para no desfigurar nuestros mapas trazando los meridianos grado por grado, se usaban ya en la época de Ptolomeo. Encuéntraselas indicando un número redondo de millas marinas ó de grados de longitud en casi todos los mapas manuscritos de los siglos XV y XVI que he podido examinar, por ejemplo, en los de Ribero y de Juan de la Cosa. El geómetra de Florencia presenta dos valuaciones de los espacios que emplea, una en leguas y otra en millas. Si, según él, un espacio es igual á 22½ leguas ó 150 millas, resulta que una legua equivale á 6½ millas. No se refiere, pues, á la legua marina italiana de 4 millas, usada en tiempo de Colón en Génova, y que este marino emplea en su Diario de ruta[120]; acaso sea una milla más pequeña, de 760 toesas, cinco de las cuales forman una legua geográfica de 15 al grado. Como los espacios no se valúan en grados y las conjeturas del abate Ximénez, comentador de la carta de Toscanelli, son erróneas[121], es imposible encontrar salida á este laberinto de medidas con tan vagas denominaciones. No se puede reducir con precisión á grados de longitud la distancia de veintiséis veces 22½ leguas que Toscanelli supone que tendría que recorrer Colón, «derechamente al Occidente» desde Lisboa á Quinsay: sin embargo, en la hipótesis de las leguas más largas (de 15 al grado ecuatorial), no se llega sino cerca del grado 50 de longitud (para 585 leguas) en el paralelo de 38° 42′, lo que situaría la costa de la China en el meridiano del río Essequibo y de la parte occidental de Terranova.