Este ejemplo prueba cuánto se apresuraban entonces á poner en los mapas lo que podía servir de enseñanza en los progresos de los descubrimientos más recientes. Conocíase la importancia de estos documentos gráficos, y Ojeda mismo, en el primer viaje que hizo con Amerigo Vespucci, fué guiado (su propio testimonio da fe de ello en el pleito del fiscal contra Diego Colón) por un fragmento de mapa (pintura de tierra) dibujado por el mismo Colón y comunicado indiscretamente por el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, enemigo del Almirante y protector de su rival Alonso de Ojeda[211].
Réstame dar cuenta del ejemplo más sorprendente de los conocimientos vulgarizados por los mapas, y fundados en la tradición de expediciones clandestinas.
He encontrado en la bella edición de la Geografía de Ptolomeo, hecha en Roma en 1508, indicio de navegaciones portuguesas á lo largo de las costas orientales de la América del Sur hasta 50° de latitud austral. Dícese al mismo tiempo «que no llegaron á la extremidad del continente». Esta edición, impresa por Evangelista Tosino, y redactada por Marcos, de Benevento y Juan Cotta, de Verona, contiene un mapamundi de Ruysch (Nova et universalior orbis cogniti tabula Joan, Ruysch Germano elaborata), en el cual está representada la América meridional como una isla de inmensa extensión, con el nombre de Terra Sanctæ Crucis sive mundus novus. En una nota se añade lo siguiente: «Hæc regio á plerisque alter terrarum orbis existimatur.»
Entre la grande isla y el Yucatán (llamado Culicar) hay un paso libre[212]. Se reconocen en el litoral de la América meridional, comenzando por el Noroeste y siguiendo el trazado hacia el Suroeste: la península Chichivacoa (Coquivacoa) con una isla inmediata, Tamaraque (Aruba ó quizá Curaçao?); el golfo de Vericida (golfo de Maracaybo ó golfo de Venecia, llamado así por Ojeda en 1499); la tierra de Pareas (Paria) con el río Formoso (Orinoco?), y finalmente el cabo Sanctæ Crucis, que está en la misma posición del cabo de San Agustín. Desde este cabo la costa continúa al Sur, leyéndose la nota siguiente: «Nautæ Lusitani partem hanc terræ hujus observarunt et usque ad elevationem poli antartici 50 graduum pervenerunt, nondum tamen ad ejus finen austrinum.»
Esta misma edición romana de 1508 contiene una disertación, cuyo título es: Noba orbis descriptio ad nova Oceani navigatio qua Lisbona ad Indicum pervenitur pelagus, Marco Beneventano monacho Cælestino edita. El cap. 14 dice: Terra Sanctæ Crucis decrescit usque latitudinem 37° austr. quamque archoploi usque at lat. 50° austr. navigaverint, ut ferunt; quam reliquam portionem descriptam non reperi. Véase, pues, un monje italiano que en 1508 sabía que los portugueses habían reconocido las costas patagónicas hasta los 37°, y fiando en los se dice ó de oídas (ut ferunt) hasta 50° de latitud austral, esto es, dos y medio grados al Norte de la entrada del estrecho de Magallanes. Parecíale importante este resultado, porque lo repite dos veces, en el mapa y en la memoria.
Ahora bien; en 1508 y en expediciones autorizadas sólo habían llegado los españoles[213] poco más allá del cabo de San Agustín (lat. austr. 8° 20′); y cuando Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís partieron para la expedición en la que llegaron hasta los 40° de latitud austral, hacía muchos meses que estaba publicada la edición de Ptolomeo á que me refiero.
El descubrimiento del Brasil hecho por Cabral (de 10° á 16½° de latitud austral) produjo tan grande impresión en los ánimos que, desde aquella época, hasta la corte de Lisboa fijó sus miras en un paso hacia el Oeste. Paréceme, por tanto, muy probable que haya habido desde 1500 á 1508 una serie de tentativas portuguesas[214] al Sur de Puerto Seguro en la Terra Sanctæ Crucis, y que las vagas nociones de estas tentativas han servido de base á la multitud de cartas marinas que se fabricaban en los puertos más frecuentados.
Diversas combinaciones pueden haber inducido á los geógrafos á situar un estrecho en los primeros mapas de América. Subsistió en la Edad Media la opinión de Cratés, de Strabón y de Macrobio acerca de la comunicación de todos los mares. El Océano Pacífico lo vió Balboa en 1513, cuatro años antes de que Magallanes expusiera en España su convicción de la existencia de un estrecho al sur del Río de la Plata. Desde el año 1511 los descubrimientos de Antonio Abreu en la parte Sureste del archipiélago de las Indias, habían vulgarizado la idea de las grandes tierras australes. Viendo que la tierra de Santa Cruz se prolongaba indeterminadamente hacia el Mediodía (el monje de Benevento dice que no se la encontraba fin á los 50°), debía imaginarse que este dique continental, cuya continuidad impedía la libre comunicación de los mares, debía estar roto en alguna parte. Acaso también el mapamundi de Fra Mauro, del que poseía Portugal una copia en 1459, produjo en el ánimo de algunos geógrafos sistemáticos la hipótesis de que existía analogía de configuración entre las dos extremidades de Africa y América. El canal que separa el Diab[215] de la gran masa continental, y acerca del cual he llamado antes la atención del lector, podía repetirse en el Nuevo Continente. ¿Debe admitirse, por los indicios que he encontrado en la edición de Ptolomeo de 1508, que, antes de Solís, fueron más allá de la desembocadura del Río de la Plata algunos navegantes aventureros portugueses? Esta suposición, por lo menos muy probable, deja entrever el modo de fundamentar combinaciones hipotéticas en hechos positivos, sea que se sospechara la existencia del estrecho á causa de la fuerza de las corrientes que hacia él se dirigen, como lo cree Varenio[216], sea porque en las latitudes más meridionales se adquiriera, por comunicación con los indígenas, alguna noción confusa de un paso hacia el otro mar.
Bastaba llegar hasta el golfo de San Jorge, á una costa antiguamente habitadísima, como lo prueban las numerosas sepulturas de Patagones[217], para saber que los habitantes del archipiélago de Chayamapu y del de Chonos[218] remontan algunas veces el litoral del Océano Pacífico en la dirección de Este á Oeste por brazos de mar (ciénagas) y canales naturales, aproximándose de esta suerte á las costas del Océano Atlántico.
La idea de que podía existir en estos parajes (latitud 45°-47°) una comunicación entre ambos mares, se perpetuó de tal modo, que todavía en 1790, siendo virrey del Perú D. Gil de Lemos, ocasionó la expedición de D. José Moraleda, quien entró en el Estero de Aysent (lat. austr. 45° 28′) hasta ochenta y ocho leguas marinas de distancia del litoral oriental del golfo de San Jorge. Pude examinar, durante mi estancia en Lima, las instrucciones dadas á este piloto de la marina Real, recomendándole «el más profundo secreto» respecto á una tentativa cuyo buen éxito hubiera abreviado en seiscientas ó setecientas leguas el camino que se seguía, dando la vuelta al cabo de Hornos[219].