Cuando se está versado en la lectura de los documentos que tratan de los descubrimientos desde 1492 á 1525, se advierte lo que aprovechaban á los marinos de entonces los informes de los indígenas. El Cacique de Tumaco[220] trazó á Balboa, cuando éste llegó á la bahía de Panamá, la figura de las costas de Quito, describiéndole al mismo tiempo la riqueza del oro del Perú y la forma extraordinaria de las llamas que transportan los minerales en las cordilleras, y que los españoles creyeron eran camellos. Hay, sin embargo, muchos centenares de leguas desde el istmo hasta las regiones que el Cacique conocía con tanta exactitud.
Algunas veces los marinos europeos permanecieron durante más de un año entre los indígenas y aprendieron su lengua, siendo recogidos por otras expediciones que frecuentaban las mismas localidades[221]. Ya hemos visto que ocho años antes de que Magallanes y Faleiro vinieran á España á exponer sus proyectos, Pinzón y Solís habían visitado ya la desembocadura del río Colorado, que está á 5° al Norte de ese golfo de San Jorge, llamado por los españoles en el siglo XVII Bahía sin fondo, en la persuasión de la posibilidad de un paso al mar del Sur. Paréceme probable que en el intervalo de 1509 á 1517 continuaron los descubrimientos algunas expediciones clandestinas más lejos de donde llegó Solís. Recientemente han ilustrado mucho el conocimiento de la tierra de Patagonia los excelentes trabajos del capitán Phillip Parquer King y las expediciones científicas inglesas de 1826 y 1830. No hay estero profundo en el golfo de San Jorge, como ya lo demostró la expedición de Malaspina; pero en Port Desiré[222] (latitud 47° 42′), en el puerto de Santa Cruz[223] (latitud 50° 18′) y en el río Gallegos en la bahía de los Nogales (lat. 51° 40′) hay inlets cuya anchura es aún desconocida. El río Gallegos especialmente ha podido dar ocasión á vagas conjeturas sobre comunicación entre los dos mares al norte del estrecho de Magallanes; porque después del cabo de Santa Isabel, que avanza en el Océano Pacífico, algunos brazos de mar penetran al través de la costa pedregosa, muy lejos hacia el E. y el más oriental de estos brazos (inlets) termina en la bahía que el capitán King llamó del Desengaño, á distancia de 2° 45′ de longitud oriental del meridiano del cabo de Santa Isabel. Desde este punto hasta la extremidad más occidental del curso del río Gallegos, á donde hasta ahora se ha llegado, hay treinta y dos leguas marinas. El istmo de río Gallegos es, por tanto, la mitad menos ancho que aquel donde se ha formado el estrecho de Magallanes[224] ó estrecho de la Madre de Dios, de Sarmiento[225].
Debe presumirse que las nociones vagas de la configuración del continente hacia su extremidad austral se reflejaron antes de 1517 en las cartas marinas, y que Magallanes vió una de esas cartas en los archivos del Rey de Portugal.
En Pigafetta encuentro un indicio directo de que la gran sinuosidad de la costa á la desembocadura de Río de la Plata fué lo que hizo situar primeramente el estrecho tan deseado á los 36° de latitud austral; pero cuando Solís, en su segundo viaje (1515), reconoció que esa abertura y ese mar dulce eran la desembocadura de un río, los geógrafos buscaron el estrecho más al Sur. He aquí el pasaje del Diario de Pigafetta, al que no se ha prestado la debida atención: «Cerca de este río está el cabo de Santa María; se había creído una vez que estaba allí el canal que conduce al mar del Sur, pero ahora se ha descubierto que no es aquel el fin de la tierra (del continente), sino sólo la desembocadura de un río, que tiene 17 leguas (ó 68 millas) de ancha.»
Los cabos Santa María y San Antonio, que forman la desembocadura al Norte y al Sud, están situados de modo que el primero avanza 2° 40′ más que el segundo hacia el E. Su distancia oblicua en la dirección SSO. al NNE., es de 65 leguas marinas, mientras la verdadera anchura interna del río sólo es, entre Montevideo y Punta de Piedras, de 18, y entre Sacramento y Buenos Aires de 9 á 10 leguas. Por esta disposición de las tierras el cabo Santa María podía aparecer á un barco procedente del Norte como la extremidad del continente, es decir, de la Tierra de Santa Cruz, porque, en el meridiano del Cabo no se veía ninguna tierra hacia el Sur. Además la violencia de una corriente que sale por esta abertura de la costa (current of the Plata, Rennell, página 137) debía contribuir mucho á la idea de la existencia de un estrecho. La corriente (outfall of the Rio Plata) adquiere una velocidad de 24 á 32 millas en veinticuatro horas, y se hace sentir á 80; y aun en algunas circunstancias domina á la corriente brasileña (NNE.-SSO.), según el capitán Beaufort, hasta á 200 leguas de distancia.
El Diario de Pigafetta y los documentos que Herrera nos ha conservado, prueban que el navegante portugués estaba incierto respecto al punto donde encontraría el estrecho, cuya existencia anunciaba de un modo tan seguro. Dice sencillamente que se encontrará bajando al Sur del cabo de Santa María, que marca la desembocadura de Río Juan de Solís.
Al llegar á los 40° delante de una bahía, á la cual dió el nombre de San Matías (la bahía de Todos los Santos, muy cerca del sitio donde Pinzón y Solís llegaron en 1508), Magallanes determinó examinar atentamente la costa[226] «para ver si había en ella algún estrecho». Después de hacer inútiles reconocimientos, descuidando el del golfo de San Jorge, la expedición se vió forzada á invernar durante cinco meses en el puerto de Río San Julián (según San Martín, piloto de Magallanes, en latitud 49° 18′; la verdadera es 49° 8′). Quejábase la tripulación de que, en tan largo trayecto (desde la desembocadura del río de la Plata) nada se hubiera visto que pareciera un estrecho, y Magallanes respondió: «Que no puede faltar el estrecho más adelante, y que irá, si es preciso, hasta los 75° de latitud, donde durante el invierno casi desaparece la luz del día.»
La ingenuidad de esta última expresión, conservada en el Diario de Pigafetta[227], prueba que Magallanes estaba persuadido de la existencia de un paso más allá del Río de la Plata, pero que la Carta de los archivos, atribuída á Behaim, no indicaba en manera alguna la posición del estrecho. Vémosle enviar al capitán Juan Serrano al río de Santa Cruz (lat. 50° 18′) «para que descubriera si había allí un paso» y todavía, cuando llega al cabo de las Vírgenes (lat. 52° 20′), á la entrada del estrecho, «sólo reconoce allí una gran cala, y sospecha que esta cala pueda encerrar algún misterio».
Todo demuestra, pues, la incertidumbre del verdadero sitio del paso, y aunque no cabe negar la posibilidad de que Martín Behaim, que habitó constantemente en Fayal desde 1494 á 1506, haya podido adquirir muchas nociones verdaderas ó conjeturales acerca de la configuración de las costas orientales de la América del Sur, nada prueba que llevara á Lisboa, donde llegó en 1507, poco tiempo antes de su muerte, la carta que Magallanes dice haber visto en los archivos del Rey de Portugal. Quizá las meditaciones[228] de este gran cosmógrafo dirigíanse más bien á Africa, cuyas costas había recorrido en parte, que á la costa descubierta por Yáñez Pinzón, por Lepe y por Cabral.
Me he detenido tanto en el examen de estas relaciones que se suponen entre Magallanes y los cosmógrafos de su época, porque en un siglo en que la energía individual del marino tenía vasto campo que recorrer, la convicción de un éxito, una sencilla opinión geográfica, convertíase en acontecimiento apropiado para influir en la dirección del comercio y en los destinos de tantos pueblos esparcidos en la inmensidad de los mares, fuera del contacto de la civilización europea.