Al examinar los sucesos que ocasionaron el descubrimiento del otro hemisferio, procuro sobre todo hacer ver la continuidad de ideas, la ligazón de opiniones que, al través de las supuestas tinieblas de la Edad Media, unen el final del siglo XV con los tiempos de Aristóteles, Eratosthenes y Strabón. He querido probar que en todas las épocas de la vida de los pueblos, cuanto se refiere á los progresos de la razón tiene las raíces en los siglos anteriores. El desarrollo de la inteligencia ó su aplicación á las necesidades materiales de las sociedades sólo parecen nulos cuando la lentitud ó el aislamiento de los progresos hacen su marcha insensible ó, mejor dicho, menos aparente. La raza humana no está sujeta, en mi opinión, á alternativas de esplendores y obscuridades que afecten á toda ella. En los individuos como en las masas, hay un principio conservador que mantiene el acto vital del desarrollo de la razón. Si el siglo XV llegó tan rápidamente á cumplir su misión, fué porque preparó los gérmenes la serie de hombres eminentes que vivieron en la Edad Media, Roger Bacon, Alberto el Grande, Duns Scot y Vicente de Beauvais.
Cuando Diego Rivero volvió en 1525 del Congreso de Puente de Caya, cerca de Yelves, ya estaban trazados los grandes contornos del Nuevo Mundo desde la Tierra del Fuego hasta el Labrador. Los progresos eran naturalmente más lentos en las costas occidentales, y, sin embargo, en 1545 Rodríguez Cabrillo avanzó ya hasta el Norte de Monterey; y cuando este grande é intrépido navegante pereció cerca del canal de Santa Bárbara, en Nueva California, su piloto Bartolomé Ferrelo continuó el reconocimiento de la tierra hasta el grado 43 de latitud, cerca del cabo Oxford de Vancouver.
Tal era entonces el ardimiento y la rivalidad de los pueblos comerciantes, españoles, ingleses y portugueses, que bastaron cincuenta años para diseñar la configuración de las grandes masas continentales del otro hemisferio, al Sud y al Norte del Ecuador. Tan cierto es, como observa un juicioso literato, M. Villemain (Melanges historiques, t. I, pág. 452), que «cuando un siglo empieza á trabajar, impulsado por una grande esperanza, no descansa hasta convertirla en realidad.»
La extensa obra que preparaba sobre la historia y geografía de ambas Américas y la rectificación progresiva de las posiciones astronómicas la abandoné cuando mi viaje al Asia boreal y al mar Caspio. Ha influído después en mi ánimo una nueva serie de ideas, disminuyendo la predilección que había concebido por este trabajo desde mi primera vuelta á Europa. Creo deber poner término á mis escritos relativos á América, y esta resolución es para mí menos sensible desde que un viajero de los más instruídos en los tiempos modernos, M. Boussingault, después de doce años de arriesgadas y penosas correrías, ha vuelto felizmente á su patria y podrá seguir proyectando luz sobre los fenómenos magnéticos y meteorológicos, sobre la geología, la configuración hipsométrica del suelo y la naturaleza química de las producciones del Nuevo Mundo.
Espero dar pronto á luz el cuarto y último tomo de la Relación histórica, única obra de esta larga serie de publicaciones americanas que está por terminar. De los dos Atlas que acompañan á la Relación histórica, el primero, el Atlas pintoresco, contiene la explicación de las láminas publicadas con los títulos de Vistas de las cordilleras y Monumentos de los pueblos indígenas de América. La obra que publico en este momento imprímese también en forma grande para que sirva de texto al Atlas geográfico y físico[1].
Por no perder completamente el fruto de las antedichas investigaciones, he concentrado en este examen crítico los resultados en mi concepto más interesantes. Al lado de hechos nuevos coloco otros, quizá conocidos de antiguo, pero que ofrecen combinaciones y puntos de vista de indudable novedad.
Daré algunos detalles acerca del misterioso personaje Martinus Hylacomilus y sobre su Introducción á la cosmografía, en la cual, ya en 1507, y por tanto un año antes de que el mapa fragmentario del Nuevo Mundo fuese publicado sin nombre en una edición de Ptolomeo, propuso la denominación de América. Encontraremos este nombre empleado, no en un mapa, sino en un libro anónimo (Globus Mundi) falsamente atribuído á Loritus Glareanus é impreso en 1509, tres años antes de la carta de Vadiano á Rodolfo Agrícola y anterior en trece al mapa de Ptolomeo con el nombre de América. Un mapamundi de Appiano, inserto en el Pomponio Mela, de Vadiano, presenta también dicho nombre y precede por tanto en dos años al mapa de Ptolomeo de 1522.
Sería faltar á los deberes de afectuoso reconocimiento si, al terminar este prólogo, no rindiera público homenaje al barón Walckenaer, mi colega en el Instituto, á cuyo noble celo en el cultivo de las ciencias no se limita enriquecerlas con sus propios trabajos, sino también procura ayudar con sus consejos y facilitando el libre uso de su vasta biblioteca á cuantos desean recorrer la misma senda que él. Entre las riquezas que contiene esta biblioteca, he tenido la dicha de averiguar con el señor Walckenaer, en la primavera del año 1832, durante mi último viaje á París, el autor y la fecha de un mapamundi que ha dado ocasión á observaciones interesantísimas.
El Nuevo Continente fué dibujado por Juan de la Cosa, que acompañó á Cristóbal Colón en su segundo viaje, y que era el piloto de Alonso de Ojeda en la expedición de 1499, en la cual iba Amérigo Vespucci. Para comprender la importancia de este monumento geográfico, basta recordar que es anterior en seis años á la muerte de Colón, y que los mapas más antiguos de América, no insertos en las ediciones de Ptolomeo ó en las cosmografías del siglo XVI conocidas hasta ahora, son los de 1527 y 1529 de la biblioteca del Gran Duque de Sajonia Weymar. La última es la más conocida, porque lleva el nombre de Diego Rivero.