Termino este prólogo con la expresión de un gran sentimiento. La viva alegría que me produjo la noticia, con tanta impaciencia esperada, de haber recobrado la libertad mi amigo y compañero de viaje Mr. Bonpland, la ha perturbado una pérdida dolorosa. Mr. Oltmanns, miembro de la Academia de Berlín, que me había demostrado su afectuosa adhesión al redactar mis observaciones astronómicas hechas en el Nuevo Continente, ha muerto hace pocos días víctima de cruel enfermedad. El mejor elogio que puedo hacer de él es recordar la prueba de estimación que le ha tributado un sabio ilustre, Mr. Delambre, en el análisis de los trabajos matemáticos presentados al Instituto. «Mr. Oltmanns, dice Mr. Delambre, ha demostrado con sus trabajos de geografía astronómica que posee notables conocimientos y la paciencia necesaria para ejecutar los cálculos más largos y monótonos, estando dotado de la sagacidad bastante para descubrir métodos nuevos ó reformar los conocidos.»

El interesante Annuaire du bureau des longitudes publica anualmente las tablas de Mr. Oltmanns, que sirven para calcular la altura de las montañas, conforme á las observaciones barométricas; tablas que por su precisión é ingeniosa brevedad tanto han contribuído al conocimiento de las desigualdades de la superficie del globo.

Poco tiempo antes de su muerte había terminado Mr. Oltmanns los cálculos de todas mis observaciones astronómicas hechas en Siberia, de las cuales sólo muy pocas pude yo calcular durante un rápido y á veces trabajoso viaje. Este recuerdo de inextinguible reconocimiento no está fuera de lugar en una obra destinada, como la presente, á investigaciones acerca de la historia de la Geografía.

A. de Humboldt.

Berlín, Noviembre 1833.


INTRODUCCIÓN.


El descubrimiento del Nuevo Mundo y los trabajos realizados para dar á conocer su geografía, no sólo han levantado el velo que durante siglos cubría una gran parte de la superficie del globo, sino ejercido incontestable influencia en el perfeccionamiento de los mapas y en general en los procedimientos gráficos, como también en los métodos astronómicos propios para determinar la posición de los lugares.

Al estudiar los progresos de la civilización vemos constantemente que la sagacidad del hombre aumenta á medida que se extiende el campo de sus investigaciones. La astronomía náutica, la geografía física (comprendiendo bajo este nombre hasta las nociones de las variedades de la especie humana, y la distribución de los animales y de las plantas), la geología de los volcanes, la historia natural descriptiva, todas las ramas de las ciencias han cambiado de aspecto desde fines del siglo XV y principios del XVI. La nueva tierra ofrecía á los marinos un desarrollo de costas en 120 grados de latitud; á los naturalistas, nuevas familias de vegetales y cuadrúpedos difíciles de clasificar conforme á los tipos y métodos conocidos; al filósofo, una misma raza de hombres diversamente modificada por larga influencia de alimentación, temperatura y costumbres, pasando (sin el estado intermedio de pueblos nómadas pastores) de la vida de cazador á la vida agrícola, dividida por infinidad de lenguas de rara estructura gramatical, pero modelada en un mismo tipo. Al físico y al geólogo presenta inmensa cordillera de montañas, levantada por fuegos subterráneos, rica en metales preciosos, conteniendo en su rápida pendiente y en sus escalonadas mesetas, en espacio pequeño, los climas y las producciones de las zonas más opuestas. Jamás, desde el principio de las sociedades, se engrandeció por tan prodigiosa manera la esfera de las ideas relativas al mundo exterior; nunca sintió el hombre una necesidad más apremiante de observar la naturaleza y de multiplicar los medios de interrogarla con éxito.