Más parecido á la expedición de los Almagrurinos que la de los Vivaldi es, sin duda, el viaje que el infante D. Enrique mandó hacer en 1431 á Gonçalo Velho Cabral. Fué ésta una verdadera exploración del Atlántico, «una tentativa—dice el biógrafo del Infante (el Padre del Oratorio José Freire)—para descubrir tierra al Oeste» (Vida do infante D. Henrique, pág. 319). En esta tentativa fué Velho Cabral primero hacia los escollos de las Hormigas, al sur de la isla de San Miguel de las Azores, y en 1432 á la isla Santa María.

Terminaré la lista de los navegantes que se ha supuesto intentaron, antes de Cristóbal Colón, descubrir alguna parte de América, citando al piloto polaco Juan Szkolny (Scolnus), en quien recientemente ha hecho fijar de nuevo la atención la sabia Historia de la Geografía de Mr. Lelewel[326].

Szkolny estaba en 1476 al servicio del rey Christián II de Dinamarca, y se asegura que llegó á las costas del Labrador después de haber pasado por delante de Noruega, de Groenlandia y de la Frislanda de los Zeni.

No me atrevo á formar juicio alguno sobre esta afirmación de Wytfliet, de Pontano y de Horn[327]. Una tierra vista después de la Groenlandia, en la dirección indicada, puede haber sido el Labrador, y me sorprende que Gomara, que imprimió su Historia de las Indias en Zaragoza, en 1553, conociera ya al piloto polaco[328]. Acaso se sospechó, cuando la pesca de los bacalaos empezaba á hacer más frecuentes las relaciones de los marinos de la Europa meridional con los escandinavos, que la tierra vista por Szkolny debía ser idéntica á la que visitaron en 1497 Juan y Sebastián Cabot, y en 1500 Gaspar Cortereal.

Gomara dice, y por cierto no con gran exactitud, que á los ingleses agradaba mucho la Tierra de Labrador porque en ella encontraban la latitud y el temple de su país natal, y que los hombres de Noruega fueron allí con el piloto Juan Scolbo, como los ingleses con Sebastián Gaboto. No debe olvidarse, sin embargo que, al tratar Gomara la cuestión de los que precedieron á Colón, no cita al piloto polaco, á pesar de ser intencionado hasta el punto de asegurar[329] que, en el fondo, no puede decirse á quién se debe el descubrimiento de las Nuevas Indias.


XVII.

La cosmografía en la Edad Media.

Sabido es que el estado de los conocimientos geográficos en la Edad Media y el deseo de indicar las tierras vagamente descritas por los autores antiguos, indujeron á los dibujantes de mapas á llenar el vacío del Océano con islas cuya posición es más variable aún que su nombre. Estos dibujantes han contribuído sin duda á aumentar el número de creaciones fantásticas; aunque la persuasión íntima de la existencia de tierras en el espacio desconocido de los mares es muy anterior á la construcción de los mapamundi: tan natural es al hombre imaginar la existencia de alguna cosa más alla del horizonte visible, de suponer otras islas y aun otros continentes semejantes al que él habita.

En el Atlántico los grupos de Canarias y de las islas Británicas dirigían la imaginación con preferencia hacia determinados parajes. Agradaba multiplicar, por conjeturas, lo que sólo se conocía de un modo confuso. Al Suroeste de las columnas de Hércules, la dificultad de conocer con precisión el número exacto y la posición relativa de las islas Afortunadas daba lugar á vagas ficciones. El Apropósitos (Ptol. IV, 6) no justificaba su nombre (de inaccesible) sino porque era una tierra inhallable: no existía en el sitio donde estaba indicada á los marinos. Las dos islas de Porto Santo y de Madera—(l’Isola dello Legname del portulano genovés ó mediceo de 1351)—que los buques debían haber encontrado por acaso en su travesía á Cerné, aumentaban la confusión de las ideas geográficas.