XIX.

La Antillia y la isla de las Siete Ciudades.

Siempre que afligen á una nación grandes calamidades fascinan los espíritus ilusiones supersticiosas, y presentan, á pesar de la diversidad de tiempos y de climas, el cuadro uniforme de las mismas creencias y de las mismas quiméricas tradiciones.

Después de la caída del Imperio de los Incas fué general la persuasión de que el hermano de Atahualpa había huído hacia las llanuras del Este, más allá de los bosques de Vicabamba, para llevar allí el culto nacional y fundar un nuevo Estado. Los indígenas del Perú conservaron la esperanza de que los descendientes del príncipe fugitivo saldrían alguna vez de su salvaje retirada y restablecerían la teocracia de Cuzco.

De igual suerte cuando los árabes, después de la victoria de Guadalete, donde pereció Rodrigo, invadieron casi toda la Península ibérica, se extendió la creencia popular de que seis obispos, guiados por el Arzobispo de Oporto[354], se refugiaron con grandes tesoros en una isla del mar del Oeste, fundando en ella, según la tradición, siete ciudades, donde se establecieron los emigrados españoles y portugueses. Esta isla de los obispos fué nombrada en portugués de Septe (Sete) Cidades, nombre singularmente desfigurado en los mapas del siglo XV. Los eruditos vieron en ella el asilo que, según Aristóteles y Diodoro de Sicilia, se habían preparado los cartagineses en el seno del Atlántico, y como las tradiciones de este género no indican ninguna localidad determinada, el nombre de la isla de las Sete Cidades fué probablemente aplicado al principio al archipiélago de las Azores desde que se empezó á tener alguna idea de su existencia.

La identidad de las dos islas, Antillia y de las Siete Ciudades, se determinó claramente por Martín Behaim en una rota puesta en el globo que construyó en 1492, y en esta frase de la carta de Toscanelli al canónigo Martínez: «La isla Antillia, que vosotros llamáis isla de las Siete Ciudades», si bien parece que esta frase se ha considerado en España un simple escolio[355] que intercaló Ulloa en la traducción italiana de la vida de Cristóbal Colón, escrita por su hijo D. Fernando, porque Barcia y Navarrete la suprimen al publicar la carta de Toscanelli en español.

En todos los mitos es preciso distinguir cuidadosamente la fecha que indica el mito historiado y la época de su origen. Si es cierto que al principio del siglo VIII, después de rendir á Mérida el jefe de los godos Sacaru «embarcáronse los fugitivos para buscar asilo fuera de su patria, subyugada por los moros» (lo que no es inverosímil), no por ello se ha de deducir que la tradición fabulosa de Antillia tenga la misma antigüedad. En los mapas del siglo XIV aun no vemos aparecer la isla con este nombre ó con el de Siete Ciudades, porque Zurla niega terminantemente que en el mapamundi de Pizigano (1367), conservado en Palma, se vean escritas cerca de la figura de una estatua de hombre que tiene una cinta de papel en la mano derecha, en el seno del mar del Oeste, estas palabras: Ad ripas Antilliæ ó Atullio, que Mr. Buache creyó leer en un calco enviado á París por la cuidadosa solicitud del general Clarke[356]. Este mismo mapa de Pizigano presenta ya, sin embargo, las Isole dicte Fortunate, S. Brandany y la Insula de Brazie (Brazir, Brasil).

La indicación más antigua de la isla Antillia que conocemos hasta ahora con exactitud parece ser la del Atlas veneciano de Andrés Bianco (1436), acerca del cual llamó Formaleoni la atención[357] de los geógrafos desde el año de 1782. Este Atlas, conservado en la Biblioteca de San Marcos, contiene diez mapas dibujados en pergamino, folio pequeño de nueve pulgadas y seis líneas de alto por un pie y dos pulgadas de ancho. Al Oeste de la isla de las Azores aparecen en la quinta carta dos islas de considerable tamaño en la dirección SSE.-NNO. y de forma rectangular muy regular. Tomando por escala (porque el mapa no está graduado), la distancia del cabo de San Vicente al de Finisterre (5° 51′) encuentro la de 153 leguas marinas (en vez de 247) desde las costas de Portugal al centro de las islas Azores de Bianco, y de las Azores á Antillia la de 87 leguas. Esta última isla estaría, por consiguiente, situada á 240 leguas marinas al Oeste de las costas de Portugal, es decir, á los 27° 55′ de la longitud occidental de París (en el meridiano de la isla de San Miguel de las Azores), entre los 33° 20′ y 38° 30′ de latitud.

La longitud de Antillia, que llega á ser la de Portugal y de Inglaterra, y su forma de un paralelógramo muy alargado (la base está en relación con la altura de 1 á 3), llaman la atención á primera vista en el quinto mapa de Bianco. Los golfos y las sinuosidades de los contornos están indicados como si la figura de esta tierra hubiese sido conocida de un modo exacto; pero esta apariencia de exactitud no debe, sin embargo, sorprendernos, pues la encontramos durante los siglos XVI y XVII en todas las tierras imaginarias, siendo trazadas las costas alrededor del polo Sur con sinnúmero de detalles y una uniformidad imperturbable.