Antes de terminar lo relativo al Archipiélago de las islas Azores, añadiré algunas reflexiones acerca de las monedas fenicias encontradas en la isla de Corvo y descritas por Mr. Podolyn, y del monumento de la isla de San Miguel, de que habla el cosmógrafo Andrés Thevet.
Refiere Mr. Podolyn que, durante una tempestad, la resaca de las olas puso al descubierto una gran vasija rota, dentro de la cual había algunas monedas. Las llevaron á un convento, donde, desgraciadamente, fueron distribuídas muchas entre personas curiosas. Nueve de ellas las enviaron á Madrid al P. Flores, quien las regaló á Mr. Podolyn. No cabe duda, en vista de los dibujos publicados en las Memorias de la Sociedad de Gothemburgo, que estas monedas de oro y cobre, donde figuran una cabeza de caballo, un caballo completo ó una palmera, son unas cartaginesas y otras cyrenaicas, y recientemente han sido comparados sus dibujos con los de monedas conservadas en el gabinete del Principe Real de Dinamarca. Pero aun suponiendo que el hecho de la vasija rota, descubierta en la isla de Corvo, esté bien comprobado, no es absolutamente preciso admitir que los cartagineses hubieran llevado dichas monedas. Sabemos que los árabes y los normandos visitaron las Azores durante la Edad Media, y pudieron llevar consigo desde las costas de Sicilia ó de Túnez monedas púnicas ó cyrenaicas, porque de las primeras acuñaron gran número en Sicilia, principalmente en Panormo, fundada por los fenicios. Del mismo modo se han encontrado con frecuencia monedas árabes en las islas y en el litoral del Báltico.
De estas dos hipótesis, la segunda, ó sea la del transporte de las monedas por los árabes ó por los normandos, es la que ha parecido más probable á Malte Brun[434]. Debería sorprender, sin embargo, que navegantes de la Edad Media hubieran depositado en las Azores solamente monedas púnicas y cyrenaicas, sin mezcla de ninguna otra de distinto origen. Como la fuerza de los vientos logra con frecuencia dominar la de las corrientes, no se puede negar en absoluto que, haciendo el comercio del estaño y del electrum, algunos barcos fenicios ó cartagineses se desviaran de su ruta á través del Sinus Œstrymnicus, y fueran llevados á las costas de las Azores; pero ¿cómo es posible encontrar la huella de tal suceso en la isla casi más occidental del Archipiélago, donde toca la parte del Gulf Stream que se dirige de Oeste á Este? ¿Pasaron los barcos más allá de las Azores al Norte del paralelo de 40° y entraron en la corriente al Oeste de Corvo y de Flores? La solución sería más fácil si la vasija hubiera sido descubierta en las islas de Santa María y San Miguel, las más orientales del Archipiélago de las Azores.
Al nombrar esta última isla, debo referir un hecho íntimamente ligado con el asunto que examinamos. Andrés Thevet, cosmógrafo del rey Enrique III, visitó en la segunda mitad del siglo XVI las fuentes termales de la región de San Miguel, trastornada por erupciones volcánicas en 1449, cerca de la Algoa da Sete Cidades, y con su estilo ingenuo y difuso[435] describe las cavernas donde, al llegar por primera vez los portugueses, vieron «un monumento de piedra de doce píes de largo, en el que había esculpidas dos grandes culebras y letras hebraicas, que leyó, pero no interpretó, un moro natural de España, hijo de judío.»
Como Thevet, que formalmente traduce Insulæ Accipitrum (Azores) por Islas del Viento, es uno de los viajeros más desprovistos de crítica, nada nos dice acerca del año en que esta caverna fué murada, y cómo pudo copiar el moro una inscripción que, como ingeniosamente observa Mr. Viken[436], podía muy bien tener algunos nombres propios numídicos ó púnicos. Inútil es, por tanto, insistir en un hecho cuya verdad no se puede comprobar. Parece natural que si el moro inventó la inscripción, le hubiese dado un sentido preciso y sentencioso, expresado en caracteres hebraicos.
El recuerdo de las islas del Brasil ó Brazie, que durante tanto tiempo anduvieron errantes en los mapas, se ha conservado hasta nuestros días en Brasil Rock, señalado en los bellos mapas ingleses de Purdy, 6° al Oeste de la extremidad más austral de Irlanda.
En los mismos parajes, ó más bien, entre Irlanda, Terranova y las Azores aparecen desde principios del siglo XVI en los mapas de Juan de la Cosa (1500), de la edición de Ptolomeo (1522) y de Rivero (1529) con igual incertidumbre de posición, Mayda ó Asmaïdes[437] é Isla Verde. Una y otra están señaladas en los mapamundi modernos, con los nombres de Mayda y Green Roke, como peligros inciertos.