»I.—Situación del Paraíso al Oriente de la tierra habitable.

»Los que le sitúan en nuestra tierra habitable, suponen que ocupaba la parte más Oriental, fundándose en las palabras del Génesis, versión de los Setenta: «Dios había plantado hacia Oriente un jardín delicioso» (Génesis, II, 7). Por consecuencia de tal texto, Josefo (Ant. jud., I, 1, 3) y los primeros Padres griegos estuvieron de acuerdo en situar el Paraíso hacia las fuentes del Indo y del Ganges (cf. Lud. Vives ad S. Aug., De Civ. Dei, t. II, pág. 50). Esta opinión llegó á ser generalmente admitida durante toda la Edad Media. Se la encuentra en el anónimo de Ravena (I, 6, pág. 14), y está claramente expresada en el mapa de Andrés Bianco. Á causa de esta idea tan extendida, al llegar Colón á la costa de América meridional, creyó haber llegado al Paraíso terrestre.

»Pero la citada noción presentaba graves dificultades. Según las palabras terminantes del Génesis, dos de los ríos del Paraíso eran el Tigris y el Eufrates, y no cabe comprender nacieran en el lugar de delicias que se suponía situado en la India. Otro de los ríos, Gihon ó Geon, rodeaba la Etiopía (Gén., II, 13), y según Jeremías, el Geon es el Nilo (II, 28). También los Padres de la Iglesia están de acuerdo en la identidad de este río con el de Egipto, aunque se veían obligados á admitir que el Geon era el Indo ó el Ganges.

»Para resolver estas enormes dificultades, recurrióse á la opinión del curso subterráneo de los ríos, y se imaginó que el Tigris y el Eufrates nacían en la India, donde estaba el Paraíso terrestre y, ocultándose bajo tierra, iban por canales invisibles hasta las montañas de Armenia y Etiopía, donde aparecían de nuevo. Así lo dicen Teodoreto (in Gén. Opp., t. I, pág. 28, B.C.), el anónimo de Ravena (I, 8, página 19), el autor de un fragmento sobre el Paraíso (ap Salm. Ex. Pl., pág. 488, col. I, B.), y otros escritores.

»Análoga opinión expone Severiano de Gabala, que supone ser el Phison el Danubio (De Creat. Mundi, página 267, A.), lo mismo que el historiador León Diacre (VIII, 1, pág. 80, A. ed. Hase). Este gran río venía de la India por debajo de tierra, y aparecía por las montañas célticas, como el Geon por las de Etiopía, después de haber corrido por debajo del Océano indio, viaje que Philostorgo juzga de fácil comprensión (Hist. Eccles., III, 10). De esta manera se explicaba también cómo el Geon, según la frase de Moisés, rodeaba la Etiopía.

»Ahora bien; esta explicación, que nos parece tan rara, debieran juzgarla muy natural los Padres de la Iglesia, admitiéndola por ser cómoda solución de una grave dificultad, y porque la idea del curso subterráneo de los ríos, consagrada en las antiguas tradiciones de Grecia, penetró en todos los espíritus, viéndose que la admiten, sin esfuerzo alguno, historiadores y geógrafos en épocas relativamente recientes.

»Pomponio Mela, por ejemplo, copiando ideas de sus antecesores, admite que el Nilo nace en la Antichthonia, separada de nosotros por el mar, pasando por debajo del lecho del Océano, y que llega á la alta Etiopía, bajando desde allí al Egipto (I, 9, 52). Esta opinión no difiere mucho de la de Philostorgo. Prescindiendo de la supuesta unión del Inacho de la Acarnania con el de la Elida, del Nilo con el Inopo de Delos y de otras opiniones locales firmemente creídas, bastará recordar que el curso del Alpheo á Siracusa, por debajo del mar Jónico, era un hecho admitido y reconocido por Timeo, quien refiere seriamente que un frasco arrojado en el Alpheo había salido por la fuente de Aretusa, y por Pausanias, que no lo dudaba y casi se enfadaría de que se dudara (V, 7, 2). Séneca confirmó también la posibilidad de estos viajes subterráneos: non equidem existimo diu te hæsitaturum an credas esse subterraneos amnes et mare absconditum, y presenta como prueba el curso del Alpheo hasta Sicilia: quid, cum vides Alpheum..... in Achaia mergi, et in Sicilia rursus, transjecto mari, effundere amænissimum fontem Arethusam (Quæst. nat., III, 26, 2). No cabe, pues, admirarse de que Eratósthenes creyera que los pantanos de Rhinocolura estaban formados por las aguas del Tigris y del Eufrates, que llegaban allí por canales subterráneos, largos de 6.000 estadios (Strabon, XVI, páginas 741, 742). Todavía en tiempos de Pausanias y de Philostrato había personas que creían que el Eufrates, después de ocultarse en los pantanos, reaparecía con el nombre de Nilo en las montañas de la Etiopía (Pausanias, II, 5, 3; Philostrato, Vit. Apoll. Tyan, I, 14).

»No hay, de seguro, gran distancia entre estas explicaciones y las que después adoptaron los Santos Padres, porque las nociones de una física tan rara penetraron más y más en los espíritus cuando hubo que acudir á ellas para conciliar la posición conocida de los grandes ríos, el Danubio, el Nilo, el Tigris y el Eufrates, con la atribuída al Paraíso terrestre, por donde pasaban, lo cual sólo podía ser gracias á dichos viajes subterráneos.

»Debo añadir que estos cursos de los ríos y su ascensión del seno de la tierra á las montañas, no debían parecer inverosímiles, según las ideas que toda la antigüedad se había formado del origen de los ríos, porque se creía que en las entrañas de la tierra existían inmensos depósitos de agua, y que ésta salía á la superficie elevada por una fuerza de ascensión, llamada αἰώρα, análoga á la que impulsa las materias inflamadas en las erupciones volcánicas (Platón, Phædon, párr. 60). La misma doctrina se advierte en el cuento de un tal Asclepiodoto, que bajó á una mina abandonada y refirió haber visto inmensos depósitos de agua, que eran nacimiento de grandes ríos (Séneca, Quæst. nat., V, 15, 1). Este cuento expresaba una opinión admitida, y quien lo inventó sabía bien que encontraría los ánimos dispuestos á creerlo. De la misma idea se ha valido Virgilio en las Geórgicas, cuando supone que Aristeo vió en el palacio de su madre las fuentes de los ríos más lejanos, el Phase, el Lyco, el Tíber, el Teverone, el Hyspanis, el Caico, el Eridan, etc. (Gerg., IV, v. 365-372).

»Se ve, pues, que al admitir los Padres de la Iglesia el curso subterráneo de los ríos, para resolver una gran dificultad, limitábanse á explicar una noción generalmente aceptada, y que, sin esfuerzo, satisfacía á sus lectores y auditores.