»II.—Situación del Paraíso en la antichthonia.
»Esta opinión primitiva, por satisfactoria que pudiera parecer, ofrecía, sin embargo, una dificultad grave, que obligó á algunos á buscar otro sitio al Paraíso. Si está situado en nuestra tierra habitable, decían, ¿por qué no se ha llegado á él nunca? ¿Cómo es posible que algunos de los viajeros que van á la Sérica no hayan tenido noticias de él? Tales preguntas hacía Cosmas (Top. Christ., página 147. D.), siendo de difícil contestación. Muchos resolvían la dificultad diciendo que Dios no quiso se viera el Paraíso después del diluvio (Boxhorn, ad Sulp. Sev., pág. 7, col. 2); pero esta solución, aunque era cómoda, no satisfacía á todo el mundo.
»Preciso era, pues, situar el Paraíso en un lugar inaccesible á los esfuerzos humanos, y supusieron unos que estaba en uno de los puntos más elevados de la tierra, donde no habían llegado las aguas del diluvio, opinión de San Ephræm que, al parecer, no desconocía Colón, según las doctas aclaraciones expuestas en las precedentes páginas. Otros suponían el Paraíso en una tierra situada al otro lado del Océano Indio, en una parte opuesta á la India y al país de los Tsinas ó Tsinitza, por tanto siempre al Oriente, κατ’ ἀνατολάς, según la expresión literal de la cual no querían apartarse. Esta es la opinión de Cosmas, no inventada por dicho monje, como tampoco el resto de su sistema cosmográfico.
»Se hizo, pues, revivir por tal causa la antichthonia[74] ó tierra opuesta de los autores antiguos, situada en la zona austral. Esta noción, íntimamente relacionada con las de las zonas, las tierras oceánicas y los antípodas, por motivos muy curiosos, pero impropios del actual extracto, esta noción, repito, de la antichthonia fué siempre distinta, al menos desde Platón, de la de las islas más ó menos alejadas que se suponía esparcidas en el Océano. La gran tierra meridional, la antichthonia, propiamente dicha, habitable como la nuestra, de la cual la separa un océano, la admiten Aristóteles y Eratósthenes; Virgilio, en Las Geórgicas, no ha hecho más que traducir los versos del Hermes del filósofo alejandrino (Geórg., I, 233-239), y ésta fué la opinión de la escuela de Alejandría, á excepción de Hipparco y de sus partidarios; se la encuentra en el sueño de Scipión, en Manilio, Mela y Macrobio. Al exponer este último la doctrina aristotélica de que las dos tierras habitables, situadas una frente á la otra, están separadas por un océano que ocupa toda la zona tórrida, añadió que dicho océano está á su vez rodeado por cuatro tierras separadas por anchos canales, por los cuales llegan á nuestro hemisferio las aguas del mar exterior (in Somn. Scip., II, 5), idea singular que presenta una mezcla de varias nociones fundadas en el sistema homérico, y aun sospecho que esté tomada de algún comentador de Homero que haya querido dar una explicación sabia del río Océano y de sus fuentes.
»Tiene el sistema de Macrobio mucha analogía con el de Cosmas en lo relativo á que el Océano que rodea las dos tierras habitables está á su vez rodeado por todos lados de tierras desconocidas, y hay entre ellos otros puntos de semejanza que sería largo referir aquí.
»Pero los que situaban el Paraíso en la antichthonia, para explicar que quedara desconocido despues del diluvio, no hubieran logrado gran cosa con esta hipótesis si al mismo tiempo no supusieran innavegable el mar que separa dicha tierra de la nuestra. Á esto cuidó de proveer Cosmas, pero haciéndose también eco de una de las opiniones más antiguas entre los geógrafos griegos; porque admitida la existencia de tierras hiperoceánicas, preciso era averiguar la causa que impedía á los navegantes llegar á ellas.
»Cree Voss que los fenicios contribuyeron mucho á vulgarizar esta opinión, para evitar que los navegantes de otras naciones siguieran sus huellas. Acaso sea así; pero es lo cierto que la citada opinión aparece en casi todas las épocas. Sesostris, en sus lejanas navegaciones, vióse detenido por los escollos y bajos del mar exterior (Herodoto, II, 102). Según Píndaro, la mar es innavegable más allá de las Columnas (III, Nem. 97, ibique Disse.); Eurípides lo dice también en el Hippolyto (v. 744). La expedición de Hannón hace situar los bajos más allá de Cerné, y la de Pytheas libra de ellos las costas occidentales de Europa. La idea del mar no navegable aparece por todos lados. Dionisio de Halicarnaso dice que los romanos poseen todas las tierras donde se puede entrar y todas las costas donde se puede navegar (Ant. Rom., I, pág. 3; I, 20, Sylb.). Todos los mares exteriores se consideraban innavegables á cierta distancia de las costas (Suidas, v. ἄπλωτα), á causa del fucus y de los bajos (Tatian, ad Græcos, pág. 76). Agathemeres y Ptolomeo sitúan también un mar bajo entre el Océano Indio y la costa septentrional de África. Cleomedes, posterior á ambos, dice que los antípodas están separados de nosotros por un océano innavegable poblado de enormes cetáceos (Cycl. Theor., I, 2, página 15, Balf.).
»Noción tan extendida entre los sabios del paganismo, no podía menos de ser adoptada por algunos Santos Padres, que la juzgaban necesaria para resolver varias dificultades de interpretación. Según Orígenes (De Princip. Opp., I, pág. 81) y Clemente de Alejandría (Strom., V, pág. 693), San Clemente de Roma creía «en la existencia de un océano imposible de cruzar, más allá del cual había otros mundos». Lo mismo opinaban San Basilio, Tatieno, Constantino de Antioquia, Jornandes, Beda el Venerable y otros muchos.
»Se ve, pues, que la opinión transmitida por Cosmas, como también la de muchos Padres de la Iglesia, que he explicado en otro sitio (Revue de Deux Mondes, 1834, Marzo, pág. 601), tenían su raíz en hipótesis antiquísimas, muy extendidas, casi populares y que debían parecerles razonables y concluyentes.»
En las explicaciones que preceden traza Mr. Letronne la vía por la cual llegó á la inteligencia de Colón la idea del sitio del Paraíso terrestre. La carta dirigida á la reina Isabel (Octubre de 1498), de la cual he insertado anteriormente algunos párrafos, y un pasaje notabilísimo del Diario de navegación de 1493, no dejan la menor duda de que el Almirante seguía la opinión de los Padres de la Iglesia, que situaban el Paraíso al Oriente de la tierra habitable[75]. No puedo, por tanto, compartir la opinión de los que creen, quizá á causa de dos citas de la Divina Comedia que se encuentran en las cartas de Vespucci, amigo de la familia de Colón, que éste, en sus ilusiones acerca del sitio del Paraíso, se acordaba, no sólo de San Ambrosio, sino también de la cosmografía de Dante. Verdad es que Colón dice que algunos describen el Paraíso terrenal en forma de una montaña áspera, forma que tiene la montaña del Purgatorio de Dante, cuya cima es el Paraíso de los bienaventurados; pero en el mismo párrafo de la carta niega Colón esta configuración, y todo el sistema de cosmografía y de teología del Dante es diametralmente opuesto á la opinión del marino genovés.