Al recordar lo que el pensamiento de dos hombres, Toscanelli y Colón, han ayudado al espíritu humano, no es justo limitarse á los admirables progresos que simultáneamente hicieron la geografía y el comercio de los pueblos, el arte de navegar y la astronomía náutica; en general, todas las ciencias físicas y, finalmente, la filosofía de las lenguas, engrandecida con el estudio comparado de tantos idiomas raros y ricos en formas gramaticales.
Conviene también fijar la atención en la influencia ejercida por el Nuevo Continente en los destinos del género humano, bajo el punto de vista de las instituciones sociales. La tormenta religiosa del siglo XVI, favoreciendo el vuelo de una reflexión libre, preludió la tormenta política de los tiempos en que vivimos. La primera de estas revoluciones coincidió con la época del establecimiento de colonias europeas en América; la segunda se hizo sentir allí al final del siglo XVIII, y ha concluído por romper los lazos de dependencia qué unían los dos mundos. Una circunstancia en la que acaso no se ha fijado bien la atención pública y que se relaciona con esas causas misteriosas de que ha dependido la distribución desigual del género humano en el globo, favoreció, y aun podría decirse que hizo posible la referida influencia política. Tan pobremente poblada estaba la mitad del globo que, á pesar del largo trabajo de una civilización indígena vigente entre los descubrimientos de Leif y de Colón en las costas americanas fronteras á Asia, en las inmensas comarcas de la parte oriental, apenas vivían en el siglo XV algunas dispersas tribus de pueblos cazadores. Esta despoblación en países fértiles y eminentemente aptos para el cultivo de nuestros cereales, permitió á los europeos fundar allí establecimientos en escala infinitamente mayor que las colonizaciones en Asia y África. Los pueblos cazadores fueron rechazados de las costas orientales hacia el interior; y en el norte de América, en un clima y con una vegetación muy análogos á los de las Islas Británicas, formáronse por emigración, desde fines del año 1620, comunidades cuyas instituciones reflejaban las libertades de la madre patria. La Nueva Inglaterra no fué primitivamente un establecimiento industrial y de comercio, como aún lo son las factorías del África; no fué la dominación sobre pueblos agrícolas de distinta raza, como el imperio británico en la India, y durante largo tiempo el imperio español en Méjico y el Perú; recibió la primera colonización de cuatro mil familias de puritanos, de las que desciende hoy la tercera parte de la población blanca de los Estados Unidos, y era un establecimiento religioso[92]. La libertad civil fué allí, desde el principio, inseparable de la libertad del culto.
Ahora bien; la historia nos demuestra que las instituciones libres de Inglaterra, Holanda y Suiza, á pesar de la proximidad, no han influído en los pueblos de la Europa latina tanto como ese reflejo de formas de gobierno completamente democráticas, que lejos de todo enemigo exterior, y favorecidas por una tendencia uniforme y constante de recuerdos y antiguas costumbres, tomaron, en medio de una prolongada tranquilidad, desarrollos desconocidos en los tiempos modernos. De esta suerte, la falta de población en las regiones del Nuevo Continente situadas frente á Europa, y el libre y prodigioso crecimiento de una colonización inglesa al otro lado del gran valle del Atlántico, contribuyeron poderosamente á cambiar la faz política y los destinos del Nuevo Mundo.
Washington Irving dice que si Colón no cambia el 7 de Octubre de 1492 la dirección de la ruta, que era de Este á Oeste, dirigiéndose al Suroeste, hubiese entrado en la corriente del Gulf Stream, llevándole ésta hacia la Florida, y acaso desde allí al cabo Hatteras y á Virginia, incidente de inmensa importancia, porque hubiera podido dar á los Estados Unidos, en vez de una población protestante inglesa, una población católica española.
Este aserto, íntimamente relacionado con la cuestión de saber cuál fué la primera tierra que descubrió Colón, merece especial examen.
VIII.
Cuál fué la primera tierra que descubrió Colón.
Según los trabajos realizados por el teniente de fragata D. Miguel Moreno[93] acerca de las rutas del gran marino genovés, la carabela Santa María, que Oviedo llama equivocadamente la Gallega, encontrábase el 7 de Octubre en latitud de 25° ½ y longitud de 65° ½. Pronto veremos que la latitud marcada parece ser exacta, pero la longitud era más occidental. De continuar la carabela el camino hacia el Oeste que seguía constantemente desde el 30 de Septiembre, hubiese llegado á la isla Eleuthera en el gran banco de Bahama, y en vez de hallar en estos parajes el Gulf Stream, hubiera encontrado una corriente bastante rápida que, desde los 68° á los 78° de longitud, va á lo largo del límite oriental del banco hacia el Sudeste. Esta corriente es, según las observaciones hechas en el buque inglés Europa en 1787, é indicadas en la carta del Atlas de las corrientes del mayor Rennell, una contracorriente del Gulf Stream. El movimiento de las aguas hacia el Oeste no se hace sentir sino cuando se ha atravesado esta contracorriente de NO.-SE. y se llega al mismo banco de Bahama. De esta consideración resulta que para entrar Colón en el Gulf Stream hubiera debido pasar al Norte de Eleuthera por el canal de la Providencia, abierto hacia el Oeste, al canal de Bahama ó de la Florida. Á pesar del poco calado de las carabelas del viaje, esta navegación por el banco de Bahama, en un mar desconocido, podía ser muy peligrosa.
Como al cambio de rumbo verificado[94] el domingo por la tarde siguió el viernes á las dos de la madrugada el feliz descubrimiento de la isla Guanahaní, los enemigos de Colón, en el pleito contra sus herederos desde 1513 á 1515, insistieron mucho en el mérito de Martín Alonso Pinzón, el comandante de la Pinta, por haber aconsejado el 7 de Octubre dirigir el rumbo al Sudoeste. Los testigos Manuel de Valdovinos y Francisco García Vallejo cuentan que Alonso Pinzón, hombre muy sabido en cuanto concierne á la mar, hacía observar á Colón que habían caminado hacia el Oeste doscientas leguas más de las ochocientas que éste, sin duda por las instrucciones que tenía de Toscanelli[95], pronosticó como término del descubrimiento.