Volvió el Almirante á Haïti después del descubrimiento de Tierra firme el 30 de Agosto de 1498, y la servidumbre en las encomiendas, una de las principales causas de la despoblación de América, quedó establecida desde 1499. La rebelión tramada en Xaragua por Francisco Roldán y Adrián de Moxica; las falaces concesiones, consecuencia de ella, y el inesperado arribo é intrigas de Ojeda, pusieron al Almirante en trance por demás difícil.
Para conservar la escasa autoridad que le quedaba, en medio del conflicto de los partidos, vióse arrastrado sucesivamente á emplear un gran vigor contra algunos de los culpados y á satisfacer la codicia de otros, ó con el repartimiento de tierras á guisa de feudos, ó por medio del vasallaje y el sacrificio de la libertad personal de los indígenas. Estas donaciones no satisfacían á los colonos[153], y daban ocasión á los enemigos del Almirante en España para desacreditarle en el ánimo de la reina Isabel.
El gran número de esclavos embarcados en los mismos buques que traían á los cómplices de Roldán contrariaba tanto más la filantropía de la Reina, cuanto que entre ellos venían jóvenes hijas de caciques, víctimas de la seducción y de la violencia de los conquistadores.
La misión del comendador Bobadilla, que aprisionó á Colón, fué principalmente motivada por estas impresiones; y el hombre execrado por la posteridad era entre sus contemporáneos objeto de la predilección de los que acusaban al Almirante de oprimir á los indígenas. Oviedo califica á Bobadilla «de hombre piadoso y honrado»[154], y Las Casas asegura que «aun después de muerto, nadie se atrevio á atacar su probidad y su desinterés».
Tales eran entonces en Granada el estado de la opinión pública y el odio á lo que se llamaba el régimen tiránico de los ultramontanos de Haïti, que los parientes de los conquistadores se reunían en el patio de la Alhambra para gritar cuando pasaba el Rey: «paga, paga». «Si acaso mi hermano y yo, que éramos pajes de la Serenísima Reina, dice Fernando Colón[155], pasábamos por donde estaban, levantaban el grito hasta los cielos, diciendo:—Mirad los hijos del Almirante, los mosquitillos de aquel que ha hallado tierras de vanidad y engaño para sepulcro y miseria de los hidalgos castellanos.»
Bartolomé de Las Casas, en la curiosa Memoria[156] que por orden del emperador Carlos V envió en 1543 á la Junta de prelados convocada en Valladolid para la reforma de los abusos en las Indias occidentales nuevamente descubiertas, cuenta un hecho referente á esta misma época tan desastrosa para Cristóbal Colón. «La serenísima y bienaventurada reina Isabel, dice, digna abuela de V. M., jamás quiso permitir que los indios tuviesen otros señores sino ella y su esposo el rey Fernando. Bueno es conocer lo ocurrido en esta capital, en 1499. El Almirante regaló á cada español de los que habían servido en sus viajes un indio para su servicio particular. Yo tuve uno para mí[157]. Llegamos con nuestros esclavos á España; la Reina, que estaba en Granada, lo supo y manifestó su indignación. «¿Quién ha autorizado, dijo, á mi Almirante para disponer así de mis súbditos?» Mandó entonces publicar una ordenanza obligando á los que habían traído indios á devolverlos á las Indias.
La veracidad de esta noticia de Las Casas la prueba una Real cédula de 20 de Junio de 1500, encontrada por Muñoz en los archivos de Sevilla y dirigida á Pedro de Torres, á quien se entregaron diez y nueve esclavos que habían sido vendidos en Andalucía, para que los llevara á América con la expedición del comendador Bobadilla.
Sólo los que comprenden las dificultades y las complicaciones de nuestro régimen colonial actual, y saben cómo los gobernadores de las islas encuéntranse sometidos á la doble influencia del sistema liberal de la madre patria y á las veleidades de opresión y de dominación arbitraria de los colonos, pueden formarse idea exacta del estado de anarquía que ocasionaban en Haïti la templanza de los edictos Reales y la continua lucha con la violencia y rudeza de los conquistadores, con la necesidad urgente de procurarse brazos para la explotación de las minas ó lavaderos, con el interés que tenían los hermanos Colón, y las demás autoridades constituídas junto á ellos, de probar por medio del crecimiento de la exportación del oro la importancia de las tierras nuevamente descubiertas. Estas luchas y estos tristes resultados los refleja sobre todo una instrucción que, tres años después de la prisión del Almirante, vióse obligada á dar la reina Isabel al sucesor de Bobadilla, el comendador D. Nicolás de Ovando[158]. Laméntase la Reina de que la resolución, al declarar á los indígenas libres y no sujetos á servidumbre, ha favorecido la pereza y la vagancia; se aflige de que no puedan los colonos procurarse brazos, ni aun pagando gruesos salarios, para aumentar la explotación de las minas, y ordena[159] que los indígenas sean obligados á trabajar; que los colonos puedan pedir á los caciques un número cualquiera de ellos; que el pago del trabajo forzoso se ajustará á una tasa fijada por el Gobernador, pero que se tratara á los indios como personas libres, como lo son, y no como siervos.
Á pesar de estas melosas frases, puestas para obtener la firma de la Reina, la citada Ordenanza abría la puerta á todos los abusos. Hasta entonces la ley sólo había prescrito una capitación, sólo pedía un tributo cuyo pago lo indicaba una especie de medalla de latón ó de plomo que el tributario debía llevar colgada al cuello[160].