Desde el año 1503, la obligación al trabajo, la tasa arbitraria del precio del jornal, el derecho de trasportar millares de indígenas desde las partes más lejanas de la isla y de tenerles durante ocho meses[161] separados de su familia y de su domicilio, llegaron á ser instituciones legales. El germen de todos los abusos, los repartimientos, las encomiendas y la mita[162] estaban en las instrucciones dadas imprudentemente á Ovando. La falta de víveres y las enfermedades epidémicas fueron consecuencias inevitables de la acumulación de gran número de hombres, mal alimentados y extenuados por excesivo trabajo, en los estrechos valles auríferos.

Manifestóse en la organización de los americanos la singular falta de flexibilidad que he expresado antes. El estado confuso y tumultuoso de los asuntos de Haïti no permitió pensar en ninguna de las precauciones que contribuyen hoy á disminuir la mortalidad entre los negros de los grandes ingenios. Hay que añadir á los males de la servidumbre personal y de la movilidad de la población el no poder establecer ninguna de esas relaciones de familia que entre los pueblos de raza germánica aliviaban hasta cierto punto, aun en la Edad Media (época tan funesta para la clase agrícola), la suerte de los siervos unidos á la gleba.

Durante el cuarto y último viaje del Almirante la desesperación multiplicaba las revueltas, y antes de consumar el esterminio de los indios de Haïti, Ovando mandó prender ó quemar ochenta y cuatro caciques. Así lo cuenta en su testamento histórico Diego Méndez, el valeroso y fiel servidor del Almirante, diciendo fríamente que estas ejecuciones se hicieron durante siete meses y que tenían por objeto «pacificar y allanar la provincia de Xaragua».

Una carta de Cristóbal Colón (del 1.º de Diciembre de 1504) á su hijo don Diego expresa vivamente el horror que las crueldades de Ovando inspiraron á las almas honradas. «Cosas tan feas, dice el Almirante, con crueldad cruda tal, jamás fué visto»; y añade «que las Indias se pierden y son abrasadas por todas partes».

El horrible decreto[163] que permitía esclavizar y vender los caribes de las islas y de la Tierra firme, sirvió de pretexto para perpetuar las hostilidades. Hasta la erudición etnográfica vino en auxilio de una atrocidad lucrativa, porque se discutió extensamente acerca de los matices que distinguen las variedades de la especie humana, decidiéndose[164] cuáles eran las poblaciones que podían considerarse caribes ó caníbales, condenadas al exterminio ó á la esclavitud, y cuáles eran guatiaos ó indios de paz, antiguos amigos de los españoles. Nunca sirvió mejor el espíritu de sistema para halagar las pasiones.

Al mismo tiempo, cada ordenanza que autorizaba una nueva disminución de la libertad de los indígenas, repetía con artificioso disimulo las protestas hechas anteriormente en favor de sus derechos inalienables.

Esta confusión de ideas, esta irresolución del poder, que quería, aumentando sus rentas con el producto de los lavaderos de oro, conservar en la apariencia una piadosa moderación, produjo el profundo desprecio de las leyes coloniales.

No es posible, sin embargo, acusar á la reina Isabel de hipocresía; fué sincera en sus sentimientos de dulzura y de interés por los naturales del Nuevo Mundo, sentimientos que se encuentran repetidos hasta en su testamento[165]; pero se equivocaba, como Cristóbal Colón, sobre la extensión de los derechos concedidos á los blancos y, antes de su muerte, que sólo precedió á la del Almirante en diez y ocho meses, el régimen legal de las Nuevas Indias iba ya encaminado al aniquilamiento de la población indígena[166]. Recompensar los servicios ó las adulaciones de los cortesanos, haciéndoles donativo de «cierto número de almas» (hacer merced de indios), llegó á ser un acto habitual de munificencia en el reinado de Fernando el Católico. Permitíanse expediciones para apoderarse de los habitantes de las pequeñas islas adyacentes, con especialidad de las islas Bahamas consideradas como islas inútiles[167], y trasladarlos á Haïti ó á Cuba.

Vióse llegar entonces lo que, en nuestros tiempos, ha caracterizado el principio de las perturbaciones en la América española, cuando las órdenes monásticas, en vez de hacer causa común contra los obispos ó contra las autoridades nuevamente instituídas, declaráronse unas favorables á la independencia, y otras ardientes enemigas de toda innovación. En distintas localidades hemos visto á la Orden de los Capuchinos adoptar sistemas políticos diametralmente opuestos, y en los primeros tiempos de descubrimientos en América hubo idénticas contradicciones.