Ya dije antes cuán breve había sido la época dichosa de Colón. En su larga carrera apenas se cuentan seis ó siete años de felicidad. Vivió bastante tiempo entre los hombres para saber amargamente lo que la superioridad tiene de importuno, y cuán difícil es adquirir fama, sin comprometer y perturbar el reposo.
Las tierras que había descubierto por voluntad divina y milagrosas inspiraciones llegaron á ser presa de sus enemigos. Las Nuevas Indias, que llama su propiedad, cosa que era suya (testamento del 19 de Mayo de 1506); aquella parte del Asia que se presenta á su imaginación como una conquista, más grande que Europa y África unidas[209], fueron inabordables para quien «las había negado á Francia, á Inglaterra y á Portugal». El anciano veía el fracaso de sus más puras ambiciones; los indios, á quienes consideraba como «la riqueza de la India»[210], desaparecían por el exceso del trabajo á que se les obligaba, ó por las erróneas instituciones coloniales. Las cartas que el Almirante dirige á su familia y amigos desde el año 1502, reflejan este dolor, y se ve, al leerlas, lo conmovedora que es la tristeza de un grande hombre, que es además un hombre virtuoso.
Pero á pesar de los sufrimientos físicos, el reposo le era intolerable. En medio de las tribulaciones que contristaban su corazón, ideaba nuevos proyectos, aun sin creer en su ejecución. Una de las grandes miserias de la vida es llegar á la edad en que quedan los deseos, cuando hace tiempo que han desaparecido las ilusiones que mantienen la esperanza.
Colón sintió desfallecer sus fuerzas, sin comprender cuán cerca estaba del término de sus sufrimientos. Ya hemos visto que pocas semanas antes de su muerte, en la carta al archiduque Felipe y á la reina Juana de Castilla les dice «tengan por cierto que bien que esta enfermedad me trabaja asi agora sin piedad, yo les puedo aún servir de servicio que no se haya visto su igual. Estos revesados tiempos é otras angustias en que yo he sido puesto contra tanta razón, me han llevado á gran extremo.»
Esta carta, según mis investigaciones, es de los primeros días del mes de Mayo de 1506, y la envió á su hermano Bartolomé para que la llevase á la Coruña, donde los Soberanos habían desembarcado poco antes del 7 de Mayo, si merecen fe los datos de las cartas de Pedro Mártir de Anghiera.
El 19 puso el Almirante su testamento en manos del Escribano de Cámara de SS. AA., y el 20 murió, probablemente rodeado de sus dos hijos, porque en la carta al archiduque Felipe dice que ni él ni su hijo pueden ir á recibirle.
Dejó ordenado que los grillos que le mandó poner Bobadilla, y que conservaba como reliquias, y como el precio de los servicios que había prestado á España, los colocaran en su sepulcro. «Yo los vi, dice Fernando Colón, siempre en su retrete, y quiso que fuesen enterrados con él.»
He visitado en la Habana la tumba de Cristóbal Colón y en Méjico la de Hernán Cortés. Por una coincidencia rara de sucesos, se ha podido asistir, á fines del siglo último y en épocas muy próximas, á la traslación de los restos de estos dos grandes hombres. En Méjico, el duque de Monteleón dedicó á su antepasado Cortés un monumento, levantado en la capilla nueva del hospital de Los Naturales; y en la suntuosa Catedral que posee la Habana, desde 1796 están las cenizas de Colón, que, en menos de tres siglos, han sido trasladadas cuatro veces.
Cuando murió Colón en Valladolid, el 20 de Mayo de 1506, fué enterrado su cuerpo en el convento de San Francisco. En 1513 le llevaron á la Cartuja de las Cuevas[211] en Sevilla, y desde allí, en 1536, en unión del cuerpo de su hijo D. Diego[212], á la Capilla Mayor de la catedral de Santo Domingo, en la isla de Haïti.