Un hombre poderoso en España, Jorge de Portugal, conde de Gélvez, esposo de Isabel Colón, tía del cuarto Almirante D. Diego, que falleció en 1578, litigaba contra Baltasar (Baldasarre) Colón, de la familia de los señores de Cuccaro y de Conzano y contra Bernardo Colón, de Cogoleto ó Cogoreo. Estos últimos procuraban probar que el famoso almirante Cristóbal Colón descendía en línea recta de los señores del castillo de Cuccaro y que estos señores eran la rama de los Colón de Cogoleto, cerca de Génova y de Pradello en el Placentino. Como los nombres de Domingo, de Cristóbal y de Bartolomé se repiten con frecuencia en las distintas familias que llevan el apellido de Colón, fácil era aprovechar esta circunstancia en favor de las invenciones genealógicas. Suponíase que Domingo, el padre del primer Almirante, debía ser un tal Domingo, feudatario del castillo de Cuccaro, hermano de Francisco é hijo de Lancia de Cuccaro. De este Francisco descendía Baltasar, que pretendía la sucesión en el mayorazgo, porque su cuarto abuelo paterno, Lancia, era, según decía, abuelo de Cristóbal Colón. Este Baltasar, que se llamaba cofeudatario de Cuccaro, vivía pobremente en Génova, aunque estaba emparentado con la familia patricia de los Lomellini[244].

Bernardo de Cogoleto pretendía descender del adelantado Bartolomé Colón, hermano del primer Almirante, porque su quinto abuelo Nicolás, hermano de Lancia de Cuccaro, vino á establecerse en Cogoleto á mediados del siglo XIV y dejó dos hijos, Bartolomé y Cristóbal. En esta hipótesis, el mayor se llamaba lo mismo que el Adelantado, y el menor como el atrevido marino conocido con el nombre de Colombo il giovane (el Mozo)[245], á quien acompañó largo tiempo Cristóbal Colón en sus expediciones aventureras y belicosas.

Procurábase probar por el testimonio de un milanés, maese Domingo Frizzo, y de un monferratino, el magnífico signor Bongioanni Cornachia, que Cristóbal Colón, nacido en el castillo de Cuccaro, donde vivía su padre Domingo, hijo de Lancia, se fugó siendo niño con otros dos hermanos suyos, yendo á Saona con el propósito de embarcarse allí para no volver más á su patria. Para apreciar este testimonio en su justo valor, basta recordar que Cornachia decía haber oído este suceso á su abuelo, que murió á la edad de ciento veinte años (Mem. di Torino, 1823, páginas 158, 164, 168).

Un conde Alberto de Nemours (los documentos de la época dicen Namors) recordaba á los setenta y tres años que, siendo niño, cuando su maestro le explicaba Virgilio, decía que Eneas se había fugado, como el hijo del feudatario de Cuccaro, Domingo, cuyo hijo descubrió después las Indias para el Rey de España. Pero estas confusas reminiscencias de viejo nada valen frente á los hechos bien comprobados. Domingo, el padre del gran Almirante, vivía aún en 1494, como se sabe por su firma, á la que hay añadida la frase olim textor pannorum; y Domingo, cofeudatario de Cuccaro y Conzano, había muerto treinta y ocho años antes (Cod. Colomb. Amer., página 68), en 1456. El padre de este último era Lancia di Cuccaro, mientras el otro Domingo (padre del gran Almirante y casado con Susana Fontanarossa), era hijo de Juan Colombo de Quinto. Existe, en efecto, un caserío llamado Quinto, al este de Génova. Cerca de allí está la aldea de Terrarossa, y esta proximidad explica por qué Fernando Colón dijo en la Vida del Almirante, capítulo 10, que «había visto algunas firmas de su padre antes que adquiriese el Estado (los títulos concedidos por los monarcas españoles) en esta forma: Columbus de Terrarubra

El mapamundi[246] que el hermano del Almirante, D. Bartolomé, presentó al rey de Inglaterra, Enrique VII, dice así: Pro pictore, Janua cui patria est, nomen cui Bartholomæus Columbus de Terra Rubra, opus edidit istud Londia; die 13 Feb. 1488.

Es probable que los padres del Almirante, que, según hemos dicho antes, poseían dos casas en la ciudad de Génova, tuvieran también en época anterior algunas fincas rústicas cerca de Quinto[247].

El cambio del apellido italiano Colombo por el de Colón lo hizo, según asegura su hijo D. Fernando, en España: «conforme á la patria donde fué á vivir y á empezar su nuevo estado, limó el vocablo para conformarle con el antiguo y distinguir los que procedieron de él, de los demás que eran parientes colaterales.» (Vida del Almirante, cap. 1.) Muñoz adoptó esta opinión; pero se tiene por seguro que en tiempos más antiguos, el pueblo en el ducado de Montferrato llamaba á los feudatarios de Cuccaro Colón en vez de Colombo (Cancellieri, páginas 127 y 129). Respecto al Almirante, encuéntrasele con frecuencia citado en los documentos del siglo xv con los nombres de Colom[248] y Colomo.

En el pleito que duró desde 1583 hasta 1608, porque excitaba la codicia, de los abogados españoles y ligurianos, el conde de Gélvez y los herederos en España no tenían interés alguno en rechazar el parentesco con la ilustre casa de los feudatarios de Cuccaro. Este parentesco, que halagaba su vanidad nobiliaria, podía ser reconocido, sin que por ello tuviera derecho á la herencia Baltasar de Cuccaro. El Consejo de Indias interpretó la institución de mayorazgo en el sentido de que no debía pasar á los agnados, sino sólo á la descendencia del Almirante[249]. Si éste se hubiera fugado, siendo niño, del castillo de Cuccaro, y si hubiese juzgado cosa fácil probar su parentesco con los feudatarios de Montferrato, seguramente hiciera valer sus derechos de nobleza cuando se estableció en España, cuando el título de Don le fué prometido como futuro[250] precio de su descubrimiento, y, sobre todo, cuando fundó un mayorazgo; porque era entonces costumbre muy usada mencionar la ilustración adquirida en otro país cuando se ambicionaba una título de nobleza en la Península.

Fué preciso que transcurrieran cuatro generaciones para transformar un tejedor de paños de Génova, Domingo Colón, textor pannorum, cuya hija se había casado con el choricero Bavarello, en un señor feudatario de los castillos de Cuccaro, Conzano, Rosignano, Lú y Altavilla. Las genealogías no han faltado nunca á los hombres que se han hecho célebres; y cualquiera que fuese el noble orgullo y la elevación de sentimientos del Almirante, como vivía en una nación llena de preocupaciones caballerescas, hubiera desdeñado el prestigio de los mitos de la genealogía á no ser por el temor de excitar la atención hacia lo que él deseaba ocultar á los españoles.