Quibus Oceanus vincula rerum

Laxet, et ingens pateat tellus,

Tethysque novos detegat orbes,

Nec sit terris ultima Thule.»

«En este orbe accesible, nada permanece donde estuvo; el indio bebe el agua del helado Araxe, los Persas las del Elba y el Rhin. Vendrán siglos en que el Océano abrirá sus barreras y aparecerán nuevas tierras; Tetis descubrirá nuevos orbes, y no será Thule la última tierra.»

Este es el pasaje tantas veces citado por Cristóbal Colón, Pedro Mártir de Anghiera, Oviedo y Herrera. Es inútil discutir aquí, como lo hizo Fernando Colón, quién sea el verdadero autor de Medea[273], porque un texto de Quintiliano (Inst. Orat., IX, 2, § 9) la adjudica terminantemente, según parece, al filósofo preceptor de Nerón, L. Annæus Séneca, y un rasgo satírico de Tácito[274] indica además «que el preceptor componía con frecuencia versos, desde que se aficionó á ellos el discípulo». Lo que aquí importa es fijarse en la relación de las ideas que conducen al poeta á hacer la profecía, por cierto bastante vaga, «de las nuevas tierras» que serán descubiertas en los siglos venideros; profecía que, según el geógrafo Ortelio, se aplicaba á América, con tanto más motivo, cuanto que Séneca había nacido en Iberia.

Comienza el coro celebrando el valor de los navegantes (Audax nimium, qui freta primus, etc.) en una época en que ni se guiaban por los astros, ni los vientos tenían aún nombres especiales; pero desde que los Argonautas hicieron su gloriosa expedición, la mar está abierta por todas partes y no se necesita el navío Argos, construído por mano de Minerva. Cualquier barco recorre la alta mar; el mundo entero llega á ser de acceso fácil (permeable, pervius orbis). El Indio llega hasta el helado Araxes (sin duda el de Herodoto, I, 201, t. V, páginas 200-204, Schwigh, que forma el límite de Persia y del país de los Massagetas, es decir, el Iaxantes ó Sir Daria), el Persa bebe las aguas del Elba y del Rhin.

En este cuadro de las comunicaciones de los pueblos, sobradamente magnífico, aun para el reinado de Nerón, el poeta, siguiendo la costumbre de los griegos, presta los conocimientos de su época á los tiempos de Medea. La idea del contraste entre las primitivas y tímidas navegaciones (sua quisque piger littora tangens), y esta comunicación rápida desde la India hasta las orillas del Rhin, conduce á la profecía que termina el coro. «Cuando el Océano haya roto los lazos (vincula rerum) con que sujeta, según la Geografía homérica, el orbe terrestre[275], y este orbe quede libre á toda comunicación (ingens pateat tellus), entonces, en los siglos futuros, Thetis descubrirá las nuevas tierras (novos detegat orbes), y no será Thule el punto más lejano del mundo conocido».

La elevación del estilo y el tono patético de la inspiración han dado á las últimas frases del coro una importancia que profecía tan vaga y desprovista de todo color local jamás tuviera, si hubiese revestido la forma sencilla de una conjetura geográfica. Cuando Estrabón nos dice (I, pág. 113 Alm.; pág. 64 Cas.) que en el Océano Atlántico, en la parte del hemisferio boreal que no está ocupada por nuestra tierra habitada, podría muy bien existir otro οἰκουμένη y aun muchos, sobre todo en el paralelo de Tinæ, que es el de la mayor extensión continental de Europa y de Asia, profetiza, es decir, adivina (así me parece) por modo mucho más feliz el descubrimiento de América y de las islas del mar del Sur.

El rápido desarrollo de la navegación de Myos Hormos en las orillas del mar Rojo, hacia las costas de la India, desde la conquista de Egipto por los romanos (Estrabón, II, pág. 179 Alm.; pág. 118 Cas.); los descubrimientos más allá de las Islas Británicas, y en general hacia el Norte; acaso también algunas expediciones militares de los romanos al interior de África, enardecieron la imaginación de Séneca[276], y el coro que acabamos de analizar no parece imitado de alguna de las numerosas tragedias del mismo título de Neophrón de Sicyonio, de Herillo ó de Philisco, ninguna de las cuales ha llegado á nosotros.