[137] Este párrafo es obscuro: Llamando á voz temerosa, llorando y muy aprisa, los maestros de la guerra de Vuestras Altezas, á todos cuatro los vientos, por socorro. El abate Morelli traduce: Chiamando li maestri de la guerra e ancora chiamando li venti. (Lettera rarissima di Crist. Colombo riprodotta dal cavaliere Ab. Morelli, 1810, pág. 18.)

[138] «Ya son diez y siete años que yo vine á servir estos príncipes con la impresa de las Indias», dice Colón en una carta de 1500. (Navarrete, t. II, p. 254.)

[139] Las cartas de Anghiera, interesantes como memorias, de una época fecunda en grandes acontecimientos, contienen una animada descripción de la muerte de este joven príncipe y de las causas secretas que la produjeron. Anghiera vió morir á D. Juan, y sorprende que un secretario del Rey Católico atribuya el valor del agonizante á sus habituales lecturas de las obras de Aristóteles. (Pedro Mártir, Epistolæ, lib. X, números 174, 176, 182.)

[140] La pérfida «carta de creencia» de 26 de Mayo de 1499, que los monarcas dieron á Bobadilla, sin duda por la odiosa influencia del superintendente de las Indias, Juan Rodríguez de Fonseca, que fué archidiácono de Sevilla y después obispo de Badajoz, ha llegado á nosotros entre los manuscritos de Las Casas, y la publicó Navarrete (t. II, pág. 240). Es de un laconismo aterrador (tiene cuatro líneas), y dice: «Nos habemos mandado al comendador Francisco de Bobadilla, llevador desta, que vos hable de nuestra parte algunas cosas que él dirá: rogamos vos que le deis fe é creencia y aquello pongais en obra.» Este laconismo no debe sorprender cuando se sabe, por el borrador de una carta de manos de Colón, escrita cuando llegó preso á Europa y hallada en los Archivos del Duque de Veragua, que Bobadilla había ya recibido, al partir, la promesa de permanecer en Haïti como gobernador «si la información tomaba carácter grave.» La causa, dice Colón, fué formada en malicia. La fe (el testimonio) fué de personas civiles (de bajo proceder), las cuales se habían alzado y se quisieron aseñorear de la tierra. Llevaba cargo (el comendador Bobadilla) de quedar por gobernador (de la Española) si la pesquisa fuese grave. (Navarrete, t. II, pág. 254.)

[141] Las palabras polo ártico merecen especial atención: no se ha hecho caso de ellas en la historia de las tentativas hechas para encontrar el paso del Noroeste. La frase es algo irregular en su construcción («piedras preciosas y mil otras cosas se pueden esperar firmemente; y nunca más mal me viniese como con el nombre de Nuestro Señor le daría el primer viaje, así como diera la negociación de la Arabia feliz hasta la Meca, como yo escribí á Sus Altezas con Antonio Torres en la respuesta de la repartición del mar é tierra con los portugueses; y después viniera á lo del polo ártico, así como lo dije y dí por escrito en el monasterio de la Mejorada») pero claro es que expresa el pensamiento de llegar á los aromas de la Arabia feliz (thurifera et myrrhifera regio), y á una navegación libre hacia el Polo Norte. ¿Qué es lo que pudo dar lugar á esta consideración? En mi sentir, la solución del problema debe buscarse determinando la época en que la idea del polo ártico se presentó á la imaginación del Almirante. Conocemos la fecha de la carta en la que los Monarcas pedían á Colón su parecer sobre la manera de revisar y enmendar la bula del Papa relativa á la línea de demarcación (la del 4 de Mayo de 1493). Esta carta es del 5 de Septiembre de 1493. En ella dicen que Colón ha sabido más que jamás supo ninguno de los nacidos. Ahora bien; Antonio Torres, que trajo estos consejos del Almirante y, lo que importaba más, hermosas pepitas de oro, partió de Haïti el 2 de Febrero de 1494 con doce barcos. Dos meses antes se había hecho el reconocimiento de la costa meridional de la isla de Cuba, célebre por el juramento pedido (el 12 de Junio de 1494) á más de ochenta personas de las tripulaciones de las carabelas Niña, San Juan y Cardera, juramento de que la Juana ó Cuba era «una tierra firme».

La importancia dada á esta expedición á Cuba era tan grande que el Almirante, al volver á España, decía á sus más íntimos amigos, que sólo la falta de víveres le había impedido pasar delante hacia el Oeste, «doblar el Quersoneso de Oro en el mar conocido de los antiguos, parar más allá de la isla de Trapobana y volver á Europa ó por el mar, doblando la extremidad de África, cosa que aun no habían hecho los portugueses, ó por tierra, tomando el camino de la Etiopía, de Jerusalén y del puerto de Jaffa. Washington Irving ha reconocido estos proyectos fantásticos en el precioso manuscrito del cura de los Palacios, capítulo 123; también el hijo de Colón dice en la Vida del Almirante, cap. 56: «Si hubieran tenido abundancia de bastimentos, no se hubieran vuelto á España sino por Oriente». He aquí sin duda la explicación de la esperanza de la Arabia feliz de que Colón habla, según hemos visto, en las cartas que trajo Antonio de Torres.

No puede decirse lo mismo de lo relativo al polo ártico que, según la construcción de la frase, no se refiere á la misma época del segundo viaje, sino á otra anterior á su salida para el tercero, es decir, antes del 30 de Mayo de 1498. Ahora bien; á causa de las íntimas relaciones que existían durante el reinado de Enrique VII entre España é Inglaterra, es muy probable (Biddle, Mem. of Sebastian Cabot, 1831, pág. 235) que Colón conociera antes del 30 de Mayo de 1498, no solo el primer viaje de Cabot y el descubrimiento que hizo el 24 de Junio de 1497 del continente de la América del Norte, en las costas del Labrador, cerca de la isla de San Juan de Ortelio (Biddle, página 56), sino también la patente Real entregada á Cabot el 3 de Febrero de 1498 (l.c., pág. 85), y los preparativos de un segundo viaje, que, como dice Gómara (Historia de las Indias, 1553, fol. 20 b.), dirigido hacia el Norte, para llegar al Catayo (la China), debía procurar las especias en menos tiempo que por la vía del Sur que intentaban los portugueses. Este conocimiento de las expediciones boreales de los ingleses, unido á la celosa desconfianza que domina en todas las órdenes del Gobierno español de aquel tiempo, respecto á los que osaban emprender la carrera de los descubrimientos hacia el Oeste, pudo engendrar en el ánimo de Colón la idea vaga de un viaje al Norte. La expedición que le llevó años antes á Islandia, frecuentada, en aquella época, por los barcos de Brístol, debía animarle en este proyecto que designa como lejano (viniera después). Además, desde fin del año 1498, cuando Cabot había costeado desde la Florida al Labrador, y según Anghiera, se creía el promontorio de Paria, unido por la continuación de la tierra firme, á Cuba, el dique que se presentaba por el Oeste hacía sentir más vivamente la necesidad de un paso para llegar á Calicut en la India meridional. El mapa de Juan de la Cosa, trazado en 1500, presenta gráficamente esta continuación de tierras desde el Labrador hasta más abajo del Ecuador; y, cuanto mayor era la creencia de que este dique formaba la parte del Asia oriental, donde estaba Catigara (Sebastián Munster sitúa todavía á Catigara, en 1544, en las costas del Perú) más se intentaba llegar al Sinus Magnus y, por este Sinus, á las bocas del Ganges.

[142] Mariana, Hist. gen. de España, (ed. de 1819), t. XIII, p. XXXIII y 97. El Rey de Nápoles, más aficionado á los moros de lo que era honesto á cristianos, diciendo que si bien esta gente (de los moros) era de otra secta, no sería razón maltratarla.

[143] Garibay, Compendio hist., I, XVI, cap. 36: Irving, tomo I, pág. 140.

[144] He aquí las bases del cálculo de Colón: «Santo Agostin diz que la fin deste mundo ha de ser en el sétimo millenar de los años de la creacion dél: los sacros Teologos le siguen, en especial el cardenal Pedro de Ailiaco en el verbo XI y en otros lugares. De la creacion del mundo ó de Adam fasta el avenimiento de nuestro Señor Jesucristo son 5.343 años y 318 días, por la cuenta del rey D. Alonso, la cual se tiene por la más cierta; con los cuales poniendo 1.501 imperfeto (es la época de la redacción del fragmento sobre las Profecías), son por todo 6.845 imperfetos (incompletos). Segund esta cuenta, no falta salvo 155 años para cumplimiento de los 7.000, en los cuales digo arriba, por las autoridades dichas, que habrá de fenecer el mundo. El cardenal Pedro de Ailiaco mucho escribe del fin de la secta de Mahoma y del avenimiento del Antecristo en un tratado que hizo de Concordia Astronomiæ veritatis et narrationis historicæ, en el cual recita el dicho de muchos astrónomos sobre las diez revoluciones de Saturno».