»Tratando de resistir a mi propio deseo le respondí que la señora Braun, obedeciendo a instrucciones del señor de Avrigny, no se prestaría en modo alguno a secundar nuestros planes.

»—¿Y qué necesidad tenemos de la señora Braun?—repuso Magdalena.

»—No olvides que sólo la separa de ti un simple tabique y que tan pronto como oiga el más leve rumor entrará creyendo que no te sientes bien y me encontrará contigo.

»—Así ocurriría, no lo dudo, si tú vinieras aquí.

»—¡Cómo! ¿Pues adonde he de ir?

»—Al jardín. Yo bajaría a reunirme contigo a la hora en que conviniéramos.

»—¿Qué dices? ¡Al jardín! Pero ¿lo has pensado bien? ¿Y el relente de la noche?

»—No le tengo miedo. Ya oíste decir ayer a mi padre que sólo es peligroso al anochecer y que a medida que avanza la noche se siente el mismo calor que hace durante el día. Sin embargo a guisa de precaución bajaré bien embozada en mi chal.

»Yo sentíame arrastrado contra mi voluntad por sus palabras; pero aun hallé fuerzas para insistir todavía diciéndole:

»—¿Y te parece bien que nos veamos solos y a deshora?