»Jamás la he visto tan encantadora ni tan tierna y cariñosa para conmigo. Sólo me riñe porque no la ayudo a levantar castillos en el aire.
»Hoy por la mañana me ha dado un susto muy grande.
»—Amaury—me dijo,—ahora que estamos solos dame papel y tinta. Voy a escribir.
»—¿Qué dices? ¿Qué vas a escribir estando tan débil como estás?
»—Ya me sostendrás tú, Amaury.
»Quedé inmóvil y mudo, aterrado al pensar que mi pobre Magdalena, advertida, quizá por un fatal presentimiento, de su cercano fin, quería escribir su última voluntad.
»Pero no tuve más remedio que prepararle todo para que escribiera. Desgraciadamente no me había engañado en mis presunciones: estaba tan débil que a pesar de sostenerla yo la acometió el vértigo y cayéndosele la pluma de la mano se desplomó de nuevo sobre la almohada.
»Reposó un momento, y luego me dijo, con voz débil:
»—Tenías razón, Amaury: yo no puedo escribir. Hazlo tú, que yo te dictaré.
»Tomé la pluma y con la frente bañada en angustioso sudor me dispuse a obedecerla.