»Me dictó un plan de vida, distribuyendo el tiempo que íbamos a pasar juntos.

»Su padre quiere celebrar mañana una consulta con algunos compañeros, pues a pesar de ser médico tan eminente no tiene ya confianza en sí mismo. Mañana, seis hombres vestidos de negro, seis jueces, pronunciarán sentencia de vida o muerte, sobre nuestra pobre enferma. ¡Terrible tribunal, encargado de adivinar los fallos de Dios!

»He ordenado que me avisen su llegada. Ellos no verán a Magdalena, porque el doctor teme que al verlos se dé cuenta de su verdadero estado, y ni siquiera sabrán que se trata de la hija de su compañero, porque él ha temido que oculten la verdad si conocen esta circunstancia.

»Yo pienso asistir a la junta, escondido en cualquier parte.

»Ayer pregunté al padre de Magdalena qué propósito le guiaba al pedir esa consulta.

»—No persigo un propósito, sino una esperanza—repuso.

»—¿Y cuál es?—le pregunté con ansiedad.

»—La de que pueda haberme engañado al hacer el diagnóstico o al tratar la enfermedad; por eso he llamado a los que mantienen los sistemas combatidos por mí más rudamente. ¡Ojalá me confundan y resulte yo al lado de ellos más ignorante que un patán de aldea! Si alguno fuera capaz de devolvernos a Magdalena, lejos de hacer lo que esos clientes que le prometen a uno la mitad de su fortuna para enviarle luego veinticinco luises por medio de un lacayo, yo, al salvador de mi hija, le diría:—Es usted el Dios de la medicina y suyos son la gloria, la clientela y los honores que yo le he usurpado y que usted solo merece. Pero ¡ay! mucho me temo acertar en mis tristes vaticinios... Me parece que Magdalena despierta; voy a verla. Hasta mañana, Amaury.

»Hoy a las diez me avisó José que los médicos estaban ya reunidos en el despacho del doctor.

»Me dirigí a la biblioteca y allí pude convencerme de que me era fácil verlo y oírlo todo desde aquel sitio.