Entonces su padre envió a llamar al sacerdote, que no tardó en presentarse.

—Señor cura—díjole Magdalena,—supliqué a papá que le llamase porque siendo mi director espiritual de siempre, quiero confesarme con usted. ¿Está dispuesto a escucharme?

El sacerdote hizo un signo afirmativo. Magdalena volviose hacia su padre y le dijo:

—Papá, déjeme usted sola un instante con este otro padre que es padre de todos.

El doctor obedeció y después de besarle la frente salió del aposento.

Junto a la puerta estaba Amaury. El padre de Magdalena, sin despegar los labios le llevó de la mano al oratorio de su hija; allí se arrodilló ante la cruz y obligando también al joven a arrodillarse le dijo:

—¡Oremos, hijo mío!

—¡Dios eterno! ¿Ha muerto ya Magdalena?—gritó Amaury.

—No. Tranquilízate; aún la tendremos veinticuatro horas en nuestra compañía y yo te prometo que tú estarás presente cuando muera.

Amaury dejó caer la cabeza sobre el reclinatorio, prorrumpiendo en sollozos.