Haría un cuarto de hora que allí estaban de ese modo cuando se abrió la puerta del oratorio y entró el sacerdote. Al ruido de sus pasos volvió Amaury la cabeza y le preguntó:

—¿Qué hay?

—¡Es un ángel!—contestó el párroco de Ville d'Avray.

El señor de Avrigny alzó a su vez la cabeza y preguntó:

—¿A qué hora se le administrará la extremaunción?

—A las cinco de la tarde. Magdalena quiere que a esta última ceremonia pueda asistir Antoñita.

—¿Es decir, que mi hija sabe ya que va a morir?

Se levantó y salió para ordenar que fuesen en seguida a buscar a su sobrina; después de dada esta orden volvió adonde la guardaban Amaury y el sacerdote y dirigiose con ellos al cuarto de Magdalena.

Hacia las cuatro de la tarde llegó Antoñita. A la sazón no podía darse espectáculo más triste que el que ofrecía la habitación de la enferma. A un lado de la cama veíase al doctor con semblante abatido, desesperado, oprimiendo la mano de su hija, mirándola con la misma fijeza con que el jugador mira la carta en que arriesga su fortuna y buscando como él un postrer recurso en lo más hondo de su inteligencia.

Al otro lado Amaury, tratando de sonreír no hacía en realidad otra cosa que llorar.