Y alzándola en sus brazos la llevó al aposento contiguo.

Amaury siguió al doctor.

—¡No entres!—dijo éste deteniéndole en el umbral de la puerta.

—Magdalena necesita asistencia.

—¿Acaso no soy médico?

—Perdone usted, caballero; yo pensaba... no quería irme sin saber...

—Gracias por tu cuidado. Pero tranquilízate: yo estoy aquí para asistirla. Puedes irte cuando quieras.

—¡Adiós! ¡Hasta la vista!

—¡Adiós!—repitió el doctor lanzándole una mirada glacial.

Después empujó la puerta, que volvió a cerrarse en seguida.