Amaury quedó como clavado en el sitio en que estaba, inmóvil y como aturdido.

De pronto se oyó la campanilla que llamaba a la doncella, y al propio tiempo entró Antoñita seguida de la señora Braun.

—¡Dios eterno!—exclamó Antoñita.—¿Qué le pasa, Amaury, que está usted tan pálido? ¿Y Magdalena? ¿en dónde está?

—¡En su cama! ¡muy enferma!—exclamó el joven.—Entre usted a verla, señora Braun, que la necesita.

La inglesa corrió a la estancia que Amaury le indicaba con la mano mientras que Antoñita le preguntaba:

—¿Y usted por qué no entra?

—Porque me han cerrado la puerta y me han echado de esta casa.

—¿Quién?

—¡El! ¡el padre de Magdalena!

Y tomando el sombrero y los guantes, Amaury huyó como un loco del palacio de Avrigny.