—Pero aquella indisposición sería pasajera y no habrá sido nada...
—No, señores—contestó Amaury.
—¿Ya está buena?
—Ha muerto.
—¿Cuándo?
—Hace una hora.
—¡Demonio!—exclamaron estupefactos los tres.
—¡Conque ha muerto! ¡Y hace una hora! ¡Qué fatal coincidencia! ¡Yo que iba ahora mismo a pedirte que nos acompañaras a almorzar!...
—No puede ser. Yo, lejos de almorzar con mis amigos, les invito a mi vez a que me acompañen mañana en el entierro de la que fue mi prometida.
Y, despidiéndose de ellos, se alejó con rapidez.