—Está loco rematado—dijo uno, al ver cómo se alejaba.

—O es demasiado discreto—repuso otro.

—¡Pchs!... Lo mismo da—agregó el llamado Alberto.

—En fin, no importa... Pero dejemos a un lado el género triste; hay que convenir en que es muy poco agradable eso de tropezarse después de beber bien, con un novio que acaba de enviudar.

—¿Asistirás al entierro?

—Creo que no podemos excusarnos—observó Alberto.

—No hay que olvidar que mañana la Grisse vuelve a cantar el Otelo.

—Tienes razón; ya no me acordaba. Concurriremos a la iglesia para que nos vean; la cuestión es que Amaury no pueda quejarse de que faltamos.

Y dicho esto, prosiguieron su interrumpido camino.

Cuando Amaury se separó de ellos asaltó su cerebro una idea que ya otras veces había acudido a su mente aunque con más vaguedad. El joven pensó en morir.