»Y sacando con majestad del bolsillo dos monedas de a cinco francos, suma de nuestras dos fortunas reunidas, añadí:

»—Podemos gastar todo esto.

»Magdalena se había quedado detrás de mí, presa de la mayor turbación.

»—¿Todo ese dinero es para invertirlo en flores?—preguntó el jardinero.

»—Sí—contestó Magdalena, adelantándose entonces,—y queremos que sean las más hermosas que haya, para festejar con ellas a mi padre, el doctor Avrigny en el día de su santo, que es mañana.

»—¡Ah! Si son para el señor doctor—repuso el buen viejo—por fuerza han de ser las más hermosas. Ahora mismo voy a abrir los invernáculos donde están las más raras y allí hay de sobra donde elegir, si no bastan las de los parterres.

»—¡Ay, qué gusto!—exclamé palmoteando de alegría.—¿Y podemos llevarnos las que queramos?

»—¿Todas, todas?—preguntó Magdalena.

»—Todas... mientras haya fuerzas para cargar con ellas, hijos míos.

»—¡Oh! ¡Es que tenemos más fuerza de la que usted cree!