Después sentose de nuevo, diciendo:

—¡Ah! no es un extraño: es él.

—¿Quién?—exclamó Antoñita precipitándose al exterior.

—¡Amaury!—respondió el doctor.

—¡Amaury!—repitió Antoñita, apoyándose en el muro, porque se sintió desvanecer.

—Sí. A su vuelta, ha querido hacer a esa tumba su primera visita.

Y dicho esto volvió a quedar el doctor en su inamovilidad y silencio de costumbre.

Antoñita quedó asimismo muda e inmóvil, mas por una causa totalmente diversa. El doctor no sentía nada; ella, en cambio, sentía excesivamente.

El que acababa de llegar era, efectivamente, Amaury, quien se había hecho llevar en seguida al cementerio. Una vez allí se arrodilló sobre la tumba, oró durante diez minutos y luego dirigiose hacia la la puerta con ánimo de retirarse.

Antoñita experimentó un extraño desfallecimiento, pues comprendió que iba a entrar en la estancia.