—Lo sospecho.

—¿Y tú a él?

—Ni un comino.

—A eso se llama contestar categóricamente. Pero, ¡vamos! ¿no amas a otro?

—Mi pecho no alberga otro amor que el de usted, tío—respondió la joven suspirando.

—Antoñita, eso no basta. Dentro de un mes o dos yo voy a dejar de existir, y si sólo me amas a mí no quedará nadie que te ame.

—¡Oh! tío de mi alma, espero que se habrá usted equivocado.

—No lo creas, hija mía; no me equivoco: mis fuerzas me abandonan de día en día. Todas las mañanas cuando voy a despedirme de mi pobre Magdalena, me da el brazo José, que tiene cinco años más que yo. Afortunadamente—prosiguió volviéndose al cementerio,—esa ventana abre por casualidad sobre su tumba, de suerte que a lo menos podré contemplarla en el momento de morir.

En aquel momento dirigió los ojos hacia el lugar donde reposaba Magdalena, y levantose de súbito, apoyando la mano sobre uno de los brazos de su butaca con una fuerza insólita, exclamando con visible emoción:

—¿Quién es aquel que está ante la tumba de Magdalena? Dime, ¿quién es?