Sólo a partir de aquel día, sólo cuando se vieron separados, comprendieron ambos jóvenes cuánto se amaban y hasta qué punto la intensidad de su afecto hacía que el uno fuese indispensable a la existencia del otro.
Los vehementes deseos de volverse a ver después de separarse, la sensación de grata sorpresa al encontrarse de nuevo, las pueriles tristezas y las misteriosas alegrías, síntomas de esa enfermedad del alma que llaman amor, todo lo fueron sucesivamente experimentando los dos jóvenes, sin que ni una sola circunstancia escapara a la escrutadora mirada, del doctor, quien en más de una ocasión había parecido como que se arrepentía de haber sido condescendiente con Amaury, cuando ocurrió la escena que queda relatada.
El joven recordaba, uno por uno todos estos acontecimientos, y hacía mil conjeturas sin lograr hallar, por más que consultase su conciencia y sondeara su memoria, una explicación razonable de aquel cambio repentino.
Ocurriósele entonces la única idea que podía explicar de una manera plausible la conducta de su tutor, esto es, supuso que, como por considerar que su enlace con Magdalena, era ya asunto resuelto, no había hablado nunca de ello al doctor, éste podía haber creído que su pupilo, viniendo en su casa primero y frecuentándola después, abrigaba propósitos muy diferentes de los que al principio se había imaginado.
Creyó que esta informalidad había ofendido al señor de Avrigny, y se decidió a escribirle oficialmente pidiéndole la mano de Magdalena.
Tan pronto como se resolvió a hacerlo, puso manos a la obra, escribiendo esta epístola:
IV
«Señor de Avrigny:
»He cumplido veintitrés años, me llamo Amaury de Leoville y llevo, por lo tanto, uno de los apellidos más antiguos de Francia, venerado en los consejos e ilustre en los ejércitos.
»A fuer de hijo único, heredé de mis padres una fortuna de tres millones de francos en bienes raíces, que me producen más de cien mil de renta.