»Enumero estas circunstancias, que son hijas del acaso y no debidas a mi propio mérito, considerando que con este patrimonio, con la nobleza de mi estirpe, y con la protección de los que me aman puedo escalar la cumbre de la carrera de la diplomacia, a la que me he consagrado.
»Caballero: tengo el honor de pedir a usted la mano de su hija, la señorita Magdalena de Avrigny.»
«Querido tutor:
»Terminada mi carta oficial al señor de Avrigny, carta descarnada y seca como todo formalismo, ¿permite usted a su hijo que le hable con el lenguaje de la gratitud y de los sentimientos que llenan su corazón?
»Amo a Magdalena y ella corresponde a mi afecto. Si hemos tardado tanto en hacerle a usted esta confesión, es porque nosotros no habíamos sondeado aún nuestras almas.
»Este amor ha ido tomando cuerpo tan lentamente y se ha revelado de un modo tan súbito, que nos sorprendió a los dos como un trueno que estallara en un día despejado. Me he educado junto a ella y bajo la vigilancia de usted, y cuando el novio sustituyó al hermano, no supo darse cuenta de este cambio.
»Se lo demostraré a usted.
»Me acuerdo aún de los juegos y las caricias de nuestra niñez, pasada en la hermosa quinta que usted posee en Ville d'Avray, ante los benévolos ojos de la señora Braun.
»Magdalena y yo aprendimos allí a tutearnos. Corríamos por las extensas alamedas en cuyo fondo se ocultaba el sol; saltábamos bajo los corpulentos castaños del parque en las hermosas noches de verano; dábamos deliciosos paseos por el agua y emprendíamos largas excursiones por el bosque.
»¡Oh! ¡Qué feliz tiempo aquél!