»¿Por qué nuestras existencias, confundidas en su aurora, han de separarse sin haber llegado siquiera a la mitad de su carrera?
»¿Por qué no he de ser para usted en realidad un hijo, como lo soy ya de nombre?
»¿Por qué no hemos de seguir Magdalena y yo haciendo la misma vida?
»Me parece todo ello tan natural, tan sencillo, que mi imaginación inventa mil obstáculos; pero ¿existen realmente, querido tutor?
»Quizás me juzga usted joven y frívolo en demasía; pero le llevo a ella dos años y la frivolidad no es elemento esencial de mi carácter.
»Hasta me atrevo a decirle que si soy frívolo no lo soy por naturaleza, sino porque usted me ha aconsejado que lo sea.
»Dispuesto estoy a renunciar a todos los placeres cuando usted lo quiera; bastará para ello una palabra suya o una indicación de Magdalena, pues la amo tanto cuanto a usted le respeto, y la haré dichosa, se lo aseguro.
»¡Sí! ¡muy dichosa! ¿Me considera usted muy joven? ¡Mejor! Así podré dedicar más tiempo a amarla. Mi vida entera le pertenece.
»Usted, que adora a su hija, sabe de sobra que cuando se ama a Magdalena es para siempre.
»¿Acaso sería posible dejar de amarla? Fuera insensato quien tal imaginara. Verla, contemplar su hermosura, y los inmensos tesoros de bondad y de fe, de amor y castidad, que encierra su alma equivale a quedar subyugado, confesando que no hay en el mundo mujer que se le iguale. Creo que ni en el Cielo hay un ángel que pueda serle comparado. ¡Oh, tutor, padre mio! La quiero con toda mi alma. Escribo con esta incoherencia porque expreso las ideas tal y como se me agolpan a la mente. De sobra comprenderá usted que este amor me enloquece.