El joven buscó los ojos de Antoñita para interrogarla, pero ésta apartó rápidamente la mirada.

—Arturo de Lancy, por ejemplo—dijo Amaury al verse en la precisión de contestar.

—No me disgusta—respondió el doctor;—es joven capaz y arrogante, tiene buen apellido y además brillante posición.

—Es verdad: pero no me atrevería a recomendar este partido a Antoñita; es un libertino de costumbres muy relajadas que cifra todo su orgullo en la pretensión de pasar plaza de seductor como Novelace o don Juan Tenorio. Eso podrá satisfacer a los alocados como él; pero, francamente, sería una garantía muy débil para la futura felicidad de Antoñita.

Esta respiró, dirigiendo a Amaury una mirada de agradecimiento.

—No hablemos más de él—dijo el doctor.—Cítanos otro.

—Gastón de Sommervieux...

—Tampoco me desagrada, es tan noble y rico como franco, y tengo entendido que es un joven modesto, serio y de buenas costumbres.

—Ciertamente, pero ya que le enumeraron a usted todas sus cualidades podían haber añadido un defecto capital. En toda su afectación y aparatosa dignidad no hay más que un brillo superficial, y puedo garantizarle que es un necio completo y un personaje vulgar.

—¡Calla!—exclamó el doctor como evocando un remoto recuerdo.—¿No me presentaste un día a un tal Leoncio de Guerignou?