—Sí—respondió Amaury, sonrojándose.

—Ese joven me parecía destinado a hacer brillante carrera. ¿No es consejero de Estado?

—Es cierto; pero no es rico.

—Antoñita lo es por los dos.

—Además—prosiguió Amaury, no sin cierta acritud,—parece que su padre no desempeñó un papel muy honroso en la Revolución.

—Su abuelo, querrás decir en todo caso; y además, aunque esas hablillas tuviesen fundamento, hoy no se hace ya a los hijos responsables de las faltas de los padres. Así es que puedes presentar ese joven a Antoñita por medio del señor de Mengis y si le place...

—¡Ah! ¡qué olvidadizo soy!—exclamó Amaury, dándose una palmada en la frente.—Está visto que unos meses de ausencia han bastado para hacerme perder por completo la memoria. Olvidaba que Leoncio juró vivir y morir en el celibato. Es un propósito monomaníaco y las más adorables y aristocráticas beldades del barrio de San Germán se han estrellado en su sistemática esquivez.

—¡Pues bien!—dijo el doctor.—¿Tendremos que acudir a Felipe de Auvray?

—Ya le he dicho, tío mío...—interrumpió Antoñita.

—Deja hablar a Amaury, hija mía.