—Querido tutor—contestó Amaury con visible malhumor,—no me pregunte nada que ataña a ese Felipe a quien no volveré a ver en mi vida. Antoñita le ha recibido a pesar de mis consejos y puede recibirle todavía, si le parece bien, pero yo no podré perdonarle su indigno modo de olvidar.
—¿Olvidar a quién?—preguntó el anciano.
—A Magdalena, señor.
—¡Cómo! ¿Magdalena?—exclamaron a un tiempo el doctor y Antoñita.
—Sí. En dos palabras van a conocer a ese hombre: Amaba a Magdalena; él mismo lo confesó y hasta me suplicó que la pidiese para él en matrimonio, precisamente el mismo, día en que acababa usted de concederme su mano. ¡Pues bien! hoy ama a Antoñita como había amado a Magdalena y como había amado a otras diez. Juzgue, pues, de la confianza que puede merecer un carácter tan voluble que borra en menos de un año una pasión que él aseguraba ser eterna.
Antoñita bajó la cabeza ante esta profunda indignación de Amaury y permaneció como aterrada.
—Eres muy severo, Amaury—dijo el doctor.
—¡Oh! sí muy severo—añadió tímidamente Antoñita.
—¿Le defiende usted, Antoñita?—exclamó vivamente Amaury.
—Defiendo a nuestra pobre naturaleza humana—contestó la joven.—No todos los hombres, Amaury, tienen su alma inflexible y su inmutable constancia. Debe usted ser más generoso compadeciendo las debilidades de que no participa.