—Pero quizá—continuó el conde—con el propósito de hacer comprender a uno de los dos culpables lo grave del asunto, cree usted, o finge creer que nadie, excepto usted (y el conde subrayó esta palabra) está enterado de estas cosas.
—Es la verdad, señor conde—repuso Amaury, con grave acento—que yo creía ser el único conocedor de todas esas inconveniencias; pero, según veo, estaba equivocado.
—Siendo así, ya comprenderá usted, querido Leoville, que por más que la honra, de Antoñita está a cubierto de toda sospecha y no habrá de sufrir menoscabo por lo que el vulgo pueda suponer, acaso sería conveniente...
—Que cesen esas demostraciones—interrumpió Amaury,—en lo cual somos ambos de la misma opinión.
—Este era mi propósito al hacerle molestarse en venir a mi presencia y espero me perdonará la franqueza de que abuso.
—Antes bien se la agradezco, caballero; y yo doy a usted mi palabra de honor de que, muy pronto, todo eso habrá terminado.
—Basta, amigo mío; a tal promesa cerraré de hoy más mis ojos y mis oídos.
—Por mi parte no puedo menos de agradecerle que me haya llamado con toda confianza y elegido para encargarme la misión de acabar con las audacias de un impertinente.
—¡Cómo! ¿Qué quiere usted decir?
—Tengo el honor de saludarle, señor conde—dijo Amaury, haciéndolo gravemente.