—Perdone usted, Leoville. Temo que me haya comprendido mal, o mejor dicho, que no me haya comprendido.

—Sí, señor conde; le he comprendido perfectamente—dijo Amaury.

Y salió, saludando por segunda vez y haciendo con la mano un ademán para indicar que no había que agregar una palabra a lo que habían hablado.

Cuando subía al cupé pensaba casi en voz alta:

—¡Ah, miserable Felipe! (Amaury no sospechaba que la reprimenda había sido para él).—¿Conque era su señoría el que rondaba la calle de Angulema? ¿Conque eres tú el que pones en lenguas la reputación de Antoñita? A fe mía que tengo hace mucho tiempo fuertes ganas de darte un buen tirón de orejas, y pues me lo aconseja un hombre tan respetable como el conde de Mengis, voy a saborear ese placer.

Embebido en estas divagaciones no daba ninguna orden a su lacayo, que las esperaba sombrero en mano, hasta que cansado de aguardar, preguntó:

—¿A dónde, señorito?

—A casa del señor Felipe Auvray—contestó Amaury en tono que no tenía nada de pacífico.

XLVIII

Como Felipe, que no quería renunciar a sus antiguas costumbres, seguía viviendo en el barrio Latino, era larga la distancia que habla que recorrer, y Amaury tenía tiempo para que se transformase en cólera todo el mal humor que había sacado de casa del conde. Así, cuando Orestes llegó a la casa de su antiguo Pílades, llevaba su alma en tal estado que sin abusar de la metáfora puede decirse que rugía en ella una tempestad furiosa.