—Te voy a explicar los indicios que sirvieron a tu pobre y débil amigo para conocer que estaba enamorado nuevamente.

Y exhalando un suspiro más hondo aún que el de Amaury, prosiguió:

—Al principio, como a pesar mío y casi inconscientemente, las piernas me llevaban hacia la calle de Angulema, y cada vez que salía de casa por la mañana para ir al Palacio de Justicia y por la tarde para dirigirme a la Opera Cómica (ya sabes que siempre me ha gustado este género genuinamente nacional) me encontraba sin saber cómo, tras una caminata de una hora, frente a la casa del doctor Avrigny, no con la esperanza de ver a la dama de mis pensamientos ni con otro motivo ni idea preconcebida, sino porque me había impulsado la fuerza irresistible del amor. ¿Por qué no confesarlo?

Se interrumpió Felipe un momento en medio de su perorata, esperando conocer en el semblante de Amaury la impresión que le producían sus palabras, de cuya elocuencia por su parte no estaba descontento; pero sólo pudo notar que su oyente añadió un pliegue a los muchos que ya surcaban su frente, y exhaló un suspiro aún más profundo que el anterior. Esto le hizo creer que su auditorio estaba conmovido por la fuerza emocional de su discurso y cobrando más ánimo, continuó así:

—El segundo de los síntomas que me hicieron conocer el estado de mi alma fue una viva pasión de celos; pues cuando en los primeros días del mes corriente Antoñita se mostraba contigo tan insinuante, no pude impedir que germinase en mi corazón un odio feroz contra mi amigo de la infancia; odio, pronto apagado por la reflexión de que no te sería fácil corresponder a ese amor hallándote tan influido por el recuerdo de otro amor que absorbía tu alma.

Estas palabras hicieron a Amaury estremecerse.

—¡Sí, amigo mío! Aquello no fue más que una sospecha fugaz como el relámpago, que apenas nace muere: lo que me produjo más que odio, más que despecho, más que cólera, fue el conocimiento de las ventajas que por momentos ganaba el fatuo Mengis en el corazón de aquella que tan absoluta y súbitamente se había hecho dueña de mi voluntad y de mis sentimientos. No dejaba de observar un momento a mi rival, y veía cómo se apoyaba con familiaridad en el respaldo de su butaca, y le hablaba en voz baja, y se reían y, en fin, otras muchas cosas que apenas hubiese podido tolerarte a ti, al amigo de la infancia. La irritación, los celos terribles que todo esto despertaba en mí, fueron la prueba de mi apasionamiento... ¡Pero tú no me escuchas, Amaury!

Es de creer que, al contrario, Amaury escuchábale demasiado bien, pues el rostro se le encendía como si le caldeasen ondas de fuego, lo cual hacía presumir que cada palabra de las que había oído repercutía dolorosamente en su corazón. Taciturno y sombrío, ensimismose de modo que sentía latir su corazón y le zumbaban los oídos al circular la sangre en impetuosa carrera por las arterias cerebrales.

Muy acobardado por tan inquietante silencio, Felipe continuó:

—No aseguro que todo eso no indique un completo olvido de pasados juramentos y una flagrante traición al recuerdo de Magdalena; pero no es creíble que todos puedan ser como tú, modelos de constancia. Además ella te amaba, estaba dispuesta a ser tu esposa, y a tu vez te disponías a ser su compañero de por vida, idea grata a la cual ya te habías acostumbrado, mientras que yo no había pensado ni esperado nada semejante, sino de una manera fugaz, pues tú me arrebataste la esperanza, no bien que fue nacida. No pienses que trato de atenuar mi culpa; por mucho que la execres no he de quejarme de ello; pero escúchame un momento más y dime luego si no existen circunstancias que atenúan el delito que he cometido, dejando de amar a Magdalena para amar a Antoñita.