—Hable usted; ya le escucho—dijo con viveza Amaury, aproximando su silla para oír mejor a Felipe.

XLIX

Y el émulo de Cicerón y de M. Dupín, envanecido por la impresión que su dialéctica y su retórica parecían producir en el ánimo de su interlocutor, prosiguió diciendo:

—En primer lugar, mi traición a Magdalena no era tan grave como parecía, puesto que el objeto de mi nuevo amor era una persona que había vivido siempre a su lado, una amiga, prima, hermana pudiéramos decir, en quien me parece continuar mis pristinos amores, pues me retrata constantemente a Magdalena en sus gestos, en sus palabras. Amar a la segunda es como seguir amando a la primera.

—Has dicho bien—respondió el pensativo Amaury, con el rostro algo más sereno.

—Ya ves, pues, que tenía razón—contestó Felipe con regocijo.—Ahora, y en segundo lugar, no podrás menos de convenir conmigo en que el amor es el más espontáneo y libre de nuestros sentimientos, y el que nace más ajeno a la influencia de nuestra voluntad.

—¡Es muy cierto!—asintió Amaury.

—Todavía no he terminado—dijo Felipe con creciente entusiasmo.—En tercer lugar, ya que mi juventud y mi vehemente facultad amorosa han hecho resurgir en mí el amor intenso y vivaz, ¿estoy obligado a matar un instinto noble, natural, legítimo, casi divino, por dejarme llevar de preocupaciones y convencionalismos opuestos al orden de la Naturaleza, y por tanto no posibles en lo humano y dignos de que Basón les llamara errores fort?

—¡Claro está que no!—masculló Amaury.

—En tal caso—concluyó Felipe, con acento triunfal,—debes confesar que no es tan grave mi delito, y hasta disculpar mi amor hacia Antoñita.