Una vez puestos de acuerdo Alberto y el procurador, aquél ofreció a éste un cigarro de su preciosísima petaca, pero viendo que rehusaba la fineza, púsose a encender tranquilamente su habano y luego, acercándose a Amaury, díjole sin recatar la voz y como para vengarse del desaire curialesco:

—Ea, ya está todo listo y a punto; el duelo va a ser a espada. Conque buena mano ¡y no te dé lástima ese pobre diablo!

Amaury sonrió e hizo un saludo; quitose el sombrero, que depositó en tierra; despojose del frac, el chaleco y los tirantes, y al serle entregada el arma volvió a saludar con verdadera elegancia, sin pizca de afectación. Felipe le imitó en todo con simiesca exactitud, pero al tomar la espada lo hizo en tan ridícula y deplorable forma que pareció que recibía un bastón.

Los dos se aproximaron simultáneamente, cruzáronse los aceros a seis pulgadas de la punta y luego de separarse un tanto los padrinos a derecha e izquierda respectivamente, comenzó la brega en seguida que se oyó la frase sacramental:

—¡Pueden empezar, caballeros!

Ni corto ni perezoso, Felipe fue el primero en tirarse a fondo con intrépida torpeza, que Amaury aprovechó para darle un bote y desarmarle, arrancándole de la mano el arma, que fue a parar buen trecho lejos de su dueño.

—Le hacía a usted algo más diestro, Felipe—dijo Amaury con tono irónico, no exento de amargura, porque en el fondo le repugnaba aquella superioridad que no deseaba.

—Perdone usted—repuso su adversario,—me parece haberle dicho antes algo de eso. Desconozco el manejo de la espada.

—Siendo así, que nos traigan las pistolas—replicó Amaury—hay que nivelar las fuerzas.

—Amaury—intervino Alberto por oficiosidad—¿estás realmente decidido a seguir adelante?