—Pregúntaselo más bien a Felipe.

Alberto comprendió la indicación y dirigiéndose solamente a su adversario repitió la pregunta.

—¡Pues no he de querer continuar!—prorrumpió Felipe.—Amaury me ha ultrajado y, a menos que no me dé amplias explicaciones, no cejaré en mi empeño.

—Pues bien, yo me lavo las manos—contestó Alberto;—he pretendido evitar el derramamiento de sangre; mas ante tal obstinación hay que bajar la cabeza. Pueden, pues, acribillarse, ya que ese es su gusto.

A una seña suya se le acercó el groom de Amaury, le entregó el cigarro y púsose a cargar flemáticamente las pistolas.

A todo esto Amaury se paseaba entretenido en hacer saltar con la punta de la espada los botones de oro de las margaritas silvestres.

—Alberto—exclamó de pronto volviéndose hacia su amigo—puesto que este caballero es el insultado supongo que disparará primero.

—¡Claro!—repuso Alberto, impávido, sin cesar en su operación.

Amaury, con la misma calma, tornó a su pueril tarea de arrancarles el corazón de oro a las inocentes florecillas.

Colocado que hubo las armas, Alberto entró en negociaciones con el procurador de Felipe, conviniendo ambos en que los dos adversarios se colocarían a cuarenta pasos de distancia pudiendo avanzar cada uno hasta diez, lo que reducía el trayecto a veinte pasos. Después de fijar en el suelo dos bastones a fin de señalar el punto de parada a cada uno de los combatientes, separáronse los padrinos, que al llegar a su respectivo puesto dieron las tres palmadas de rúbrica, para indicar a aquéllos que podían avanzar.