No bien adelantaron cuatro pasos, Felipe disparó. Amaury no hizo el menor movimiento; sólo Alberto dejó caer el cigarro y corrió a buscar su sombrero.

Extrañado Amaury e inquieto por la dirección que, según suponía, había tomado la bala, preguntó a su amigo:

—¿Qué ocurre?

—Nada—contestó Alberto dando vueltas a su sombrero entre los dedos e introduciendo el pulgar en un agujero que acababa de descubrir en el fieltro.—Una de dos; o este caballero se figura que juega a la carambola, o de otro modo desconoce por completo lo que tiene entre manos.

—¿Qué significa esto?—interpeló Amaury,—vacilando entre el temor y la duda de si su amigo se permitía alguna chanza.

Alberto le sacó de esta situación diciéndole:

—Sucede que no eres tú, sino yo el que se bate con este caballero, y a juzgar por la destreza que ha demostrado al dispararme, se ve que es un enemigo peligroso. Venga la pistola y concluyamos; quiero ver si gozo de tan buena puntería como él.

Felipe no sabía qué hacer ni qué excusa presentar; era tan grotesca su actitud y tan francas y ridículas sus palabras, que los demás rompieron a reír estrepitosamente.

Vino a sacarle al pobre Felipe de aquel apuro un coche que, apareciendo por una avenida transversal al trote largo, se detuvo en la de la Muette, al mismo tiempo que asomando medio cuerpo por la portezuela, gritaba un caballero con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Alto, señores, alto; deténganse ustedes!