Dicho esto saludó y se retiró con lentitud, como si en su ánimo influyese la gravedad del paso que iba a dar. Habló un instante con Alberto, a quien tuvo presente su agradecimiento, montó a caballo y se alejó al galope.
—Ahora que podemos hablar con entera franqueza, puesto que estamos solos—dijo el conde a Felipe,—le diré a usted que Amaury tenía razón al juzgar su conducta como comprometedora para Antoñita. Tan cierto es esto, que con otra, aventura como ésta, difícilmente lograría casarse, aun contando con una belleza y una fortuna como las que ella posee.
—Señor conde—contestó Felipe.—Hace poco he confesado mi culpa y ahora lo hago de nuevo. Suelo titubear mucho antes de tomar una resolución, pero así que me decido no hay nada capaz de detenerme en mi propósito. Ya sé cómo debo reparar mis yerros. Caballero, tengo el honor de presentarle mis respetos.
—¿Qué se propone usted hacer?—preguntó el conde de Mengis, temeroso de que Felipe se dispusiese a cometer alguna nueva simpleza.
—No le dé a usted cuidado, señor conde. Yo le aseguro que quedará contento de mí.
Y después de saludarle con gravedad se separó del anciano, para ir a reunirse con su padrino.
—Amigo mío—dijo a éste,—es necesario que se vaya usted a pie hasta la barrera de la Estrella o que apechugue con el ómnibus, pues yo necesito el coche para una carrera más larga que todo eso.
—¡Eh! ¡Caballero! ¡Alto ahí!—exclamó Alberto, que aún conservaba en la mano la pistola de Amaury.—¿Será usted capaz de irse sin que dispare contra usted?
—¡Ah! Es verdad, se me olvidaba. Perdone usted, caballero... ¿Quiere usted medir la distancia?...
—No hay necesidad—repuso Alberto.—Ya está usted bien ahí mismo; no se mueva.