—Haré más, si es preciso—repuso Amaury violentándose interiormente.—Soy pronto en mis decisiones: antes de anochecer sabrá usted si fui digno de la confianza que depositó en mí y si merezco el consejo que ahora mismo me está dando.

E hizo un ademán de retirarse, después de dirigir un saludo al conde.

—¿Se va usted sin decir nada a Felipe?—insinuó el anciano, deseando que terminase allí el lance.

—Cierto; le debo una satisfacción y voy a dársela—dijo Amaury.

—Felipe, acérquese usted—dijo el conde.

—Querido amigo—continuó Amaury dirigiéndose a Felipe,—después de haber disparado contra mí o con esta intención al menos, debo decirle que siento infinito la ofensa que haya podido inferirle y que ha motivado el lance.

—Amigo Amaury—repuso Felipe estrechándole francamente la mano,—no he pretendido matarte, ni siquiera agujerear el sombrero de tu amigo, percance que yo lamento en el alma.

—Muy bien, muy bien—exclamó satisfecho el conde;—así se hace. Desde hoy, a seguir siendo siempre buenos amigos. Se acabaron las rencillas.

Los aludidos se estrecharon efusivamente las manos.

—Señor conde—dijo luego Amaury,—me parece haberle oído decir que tenía que hablar con Felipe. Yo me marcho para poner en práctica la idea que he concebido.