Felipe saludó y se apartó unos pasos.
—Usted no me comprendió, por lo visto, Amaury—dijo el conde al quedar solo con éste.—Felipe no era el único que comprometía a Antoñita.
—¡Cómo!—exclamó Amaury—hay otra persona que se haya atrevido...
—Desgraciadamente, sí, y esa otra persona es usted, Amaury. Felipe comprometía a Antoñita con sus paseos a pie y usted con los suyos a caballo.
—¡Qué dice usted!—exclamó Amaury.—¿Es posible que alguien sospechara siquiera que yo quería a Antoñita?
—No ha faltado quien haya hecho esta conjetura; sepa usted que mi sobrino, único pretendiente formal a la mano de la señorita de Valgueceuse, se ha retirado, no por ceder el terreno al señor de Auvray, sino por usted, amigo mío.
—¿Por mí?—murmuró Amaury, aterrado.—¡Por mí!...
—¿Qué le extraña a usted?
—¿Dice usted que su sobrino se retira ante mí?
—En efecto, como no declare usted de un modo categórico que no abriga pretensión alguna a la mano de Antoñita.