La joven, al ver a Amaury que le ofrecía la mano para ayudarla a echar pie a tierra, no fue dueña de contener un grito de alegría, al mismo tiempo que sus pálidas mejillas, se teñían de un vivo rubor.

—¡Amaury! ¡Usted aquí! ¡Dios mío! ¡Qué pálido viene! ¿Está usted herido?

—No, Antoñita; tranquilícese usted—contestó Amaury.—Nadie ha resultado herido: ni Felipe ni yo...

—¿Cuál es, pues, la causa—interrumpió Antoñita—de ese aire tan sombrío y tan meditabundo?

—Tengo que hablarle a su tío de asuntos muy importantes.

—¡Ay! También yo...—dijo Antonia suspirando.

Subieron en silencio y precedidos por José entraron en la estancia donde el doctor los aguardaba.

Al verle no fueron dueños de reprimir un ademán de sorpresa y cambiaron una mirada llena de secretos temores. ¡Le encontraban tan ajado, tan decrépito!...

Pero él estaba tan tranquilo como ellos alarmados.. El que iba a abandonar este mundo se disponía a hacerlo con júbilo, y en cambio estaban tristes los que aquí quedaban.

—¡Por fin veo a mis hijos!—exclamó besando en la frente a Antonia y estrechando la mano a Amaury.—¡Cuán impaciente estaba y qué grande es ahora mi satisfacción por la dicha que el Cielo me depara! Quiero que unos a otros nos consagremos este día y no nos separemos hasta la noche... Pero, ¿qué pasa?; ¿a qué viene ese aire tan contristado?... ¿Será por verme próximo ya a terminar mi viaje?